Ricardo Mateu: Decano de impresores y editores

 

Hoy crecen los homenajes y se reparten honores casi por el sencillo motivo de «salir» en la foto. Hay un verdadero interés hacia la ocupación de pedestales que hace costumbre lo que debería ser solamente noticia extraordinaria. El caso es cubrir un empeño personal, o la organización de un ágape donde popularizar ignoradas vidas o respetables conciencias; sin mala intención pero fruto de algunas cantidades de ignorancia. En épocas ya lejanas, cuando mis piernas me servían dóciles al traslado del cuerpo, me gustaba dar un paseo por el mercado. Centro donde el termómetro social de la vida ciudadana, afloraba con sonrisas, chalaneos y gritos propios de la oferta de géneros, con un fondo de golpes donde las cuchillas contra el tajo troceador de la carne, a gusto del consumidor y de acuerdo con las posibilidades pecuniarias.

Y me lo pasaba bien, tanto en Xàtiva como en cualquier otra localidad en mis viajes.

Finalizada mi particular visita e inspección ocular, satisfecho el encanto (hoy ya historia), enfilaba la calle Vallés buscando la de Montcada y, a media calle, un vozarrón de bajo profundo, boina grande, corpachón corpulento, ampuloso de tranquilidad, gesticulante y cadencioso, alargando sus manos gruesas al compás del vocabulario «valenciano popular», lograba detenerme, reforzando la amistad de una utopía de la esperanza y de la resignación al mismo tiempo.

 La entrada en los talleres de Ricardo Máteu era dichosamente obligada. El pequeño habitáculo receptor, donde unos grabados hacían recordar las monedas ibéricas-romanas de la Sait, y ya dentro del despacho, aquella «caja fuerte», donde un tesoro de «ediciones» (de hecho históricas), sorprendían al visitante. Aquella amplia mesa cubierta por un grueso cristal, bajo el cual modelos tipográficos mostraban delicadamente la pericia y maestría de antiguos cajistas dotados de arte y profesionalidad, dando eficacia y solvencia al Arte Impresor setabense.

La conversación tenía casi siempre un marcado tono de humanismo y transcurría con respeto, no exenta en algún momento de exaltación. Las voces se elevaban y el espíritu de amistad crecía entre acaloramientos bien graduados, mientras, al fondo, las campanas de La Seo invitaban al Angelus pacífico y reparador.

A través de las acristaladas vidrieras laterales, se observaba febrilidad del trabajo interior. La vieja impresora tipográfica, testigo mudo de tanto ejemplares de periódicos locales y donde el último «Jativa» daba tenues lamentos de crónicas de tradición detenida en el tiempo. Abigarradas cajas de tipos soñando con un museo merecido. Apiñados montones de grabados en madera que, un excelente «cajista» y enamorado de la profesión, a la vez que magnífico músico, Enrique Camañez, coleccionó y conservó, librándolos de la destrucción que unos desalmados, anteriormente se sirvieron para encender las estufas de invierno.

Allí, otro entusiasta, Perez Contel, recreándose en la riqueza artística de madera convertida en historia del arte, con sus Aucas, etc. aconsejando su reedición para conocimiento de las nuevas generaciones. Allí los cuadernos de «escritura» que peregrinaron internacionalmente con solvencia y valor pedagógico. Libros que hoy nos cuentan las vivencias de épocas olvidadas. En fin, en cada rincón una muestra de la importancia del Taller y en cada desgarro de la pared, un tesoro escondido de alguna edición que quiso perpetuar alguno de los trabajadores del pasado siglo.

Hoy, se llenan cuartillas rememorando la vieja imprenta. Lo mismo que sus fundadores, los Bellver.

De los escritores que imprimieron sus libros, hoy materia a consultar para conocer nuestros anales, nuestra ignotas historias perdidas y nuestras anécdotas reales o soñadas, que de todo hay.

Ricardo Máteu, heredero de una responsabilidad que atesora ejemplarmente, como es el historial de un Taller puntero en el arte de la imprenta, ha tenido que bregar (muchas veces a contracorriente) contra los elementos que en forma de tenaza han hecho aflorar eficazmente la travesía del desierto, inculcando en sus hijos las teorías que han deparado un buen horizonte y a la vez un reto de futuro encardinado en la cultura de Xàtiva.

Hoy, Ricardo Máteu, apartado de toda acción laboral por jubilación y por carencias de salud, puede sentirse orgulloso del renacer de la empresa, que cumplió su cometido, delicado y difícil: mantenerla hasta el relevo, dando el testigo a sus hijos que lo han recibido con estímulo de superación constante, y ahí está la muestra.

Creo que Ricardo Máteu merece un homenaje, una compensación a su trabajo de toda una vida, nada fácil, por cierto.

¡Salve Ricardo!. Decano de impresores y editores de la Comunidad Valenciana. Si ese titulo no tienes, mereces tenerlo.

Melchor Peropadre 

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