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En
los últimos años hemos asistido a toda una serie de nomenclaturas
adjudicadas todas ellas a la nuestra ciudad, que han servido para
convertirla en una miscelánea de características, todas ellas
aplicables, que la han bautizado con en una mezcla de cultura,
turismo y patrimonio exportable, pero que ha descuidado otros
aspectos a considerar y tener en cuenta.
En
las épocas más recientes todo comenzó con un «Espai Cultural»
que al paso del tiempo se convirtió en una «Xàtiva Capital
Cultural» que supuestamente ha sido el mejor eslogan para presentar
una ciudad que quiere convertirse en patrimonio de la humanidad y
para ello necesita mostrar toda su riqueza, y mientras que el término
sea aceptado por los diferentes estamentos públicos (como así
parece que es), la frase servirá de proyección característica,
como así se ha visto en los diferentes spots de televisión.
Esta
capitalidad cultural ha llevado consigo la identidad de otras
características comunes en Xàtiva: su turismo de interior.
Posiblemente la cultura lleva conjunta e inseparablemente el aspecto
turístico de aquellos que buscan algo más que sólo y playa, y de
ahí las diferentes manifestaciones en forma de ferias, jornadas
gastronómicas, concurso de arroces preparados para el futuro,
recuperación de nuevos elementos arquitectónicos en la ciudad que
ofrecer al visitante, etc.
Todas
estas series de novedades «culturales y turísticas» han eclipsado
sin embargo otras consideraciones que en el pasado fueron santo y seña
de identidad de la ciudad y que no estaría de más meterlas en el
lote, para de este modo incrementar la oferta.
Se
ha descuidado en exceso la importancia que tienen los Papas Borja.
Cualquier otra ciudad que fuese cuna de estos ilustres personajes,
lo hubiese explotado hasta la saciedad, y máxime teniendo en cuenta
que son los únicos papas españoles de la historia. Habrá que
acometer en un futuro esta propuesta que puede llegar a tener
resultados, pienso, espectaculares. Se quiera o no, los Borja son
morbosidad, escándalo, símbolo de poder y riqueza en su tiempo y
su época y pueden convertirse en un considerable atractivo si se
cuidan y se recuperan aquellos elementos que marcan su existencia y
sus orígenes en Xàtiva. Una simple ventana o un pequeño escudo es
ya de por sí una considerable afluencia de turistas.
Y
por otra parte, no muy lejos queda la «Ciudad de las 1.000 fuentes».
En estos momentos muchas de ellas presentan un lamentable estado
(por ejemplo la de la Plaza de la Morera, junto a Sant Pere), y
otras ni siquiera manan agua, cuando su restauración y
acondicionamiento podría servir para recuperar otra nomenclatura
que sirva de apoyo a una ciudad, llena de patrimonio, ese patrimonio
que se pretende sea de la humanidad.
Y lógicamente «quant més sucre,
més dolç», y a la Capital Cultural le podemos añadir la ciudad
de los Papas y de las 1.000 Fuente, o si se quiere, la de los
Prisioneros del Castillo, pero antes de comenzar nuevas iniciativas,
soy de la opinión que existen otras que se han dejado perder o al
menos duermen desde hace años, cuando por el simple hecho de
despertarlas serviría para refrescar la memoria a aquellos quienes,
venían a Xàtiva pensando encontrar las 1.000 fuentes prometidas o
las calles estrechas e históricas por donde pasearon Calixto III y
Alejandro VI.
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