Para un padre y una madre no hay alegría mayor

 

Eso al menos es lo que nos contaba la canción de Antonio Molina (que fue parodiada por La Trinca) cuando cantaba con una emoción desmesurada la gran alegría que sentían el padre y la madre al ver a su hijo tomando la primera comunión. En la página que se me ofrece hay un espacio justo y exacto donde deben caber las diferentes reflexiones, y como no hay más que el que hay, pasemos directamente al asunto que nos ocupa y que nada tiene que ver ni con Antonio Molina ni con la Trinca.

Mi memoria llega justo al tiempo infantil, que lógicamente no fue mejor, sino diferente. La primera comunión eran nervios de confesiones por contar aquello que más escondido tenías y que sólo habías compartido con tus amigas más cercanas. No podías llegar a la comunión con un pequeño pecado. Los familiares y conocidos te habían regalado el misal, el cubierto, el plazo y la taza, y alguna que otra tontería, sin olvidar el anillo y la medalla, piezas imprescindibles e incombustibles al paso del tiempo. El día de la comunión se celebraba con chocolate y «bambas» y con el dinero que recogías después del banquete, te daba para marcharte al cine esa tarde y guardar en la hucha el resto.

Pero el tiempo pasó silencioso y deprisa y se terminó el chocolate, y el cubierto y la taza. El niño y la niña que toman la comunión merecen alguna cosa (se debió de pensar) y descubrieron las listas de comunión que se fueron disparando poco a poco, sin ninguna pausa hasta convertirse en el escaparate de todos los regalos del mundo.

Y como el tiempo es feroz, vino acompañado de rebombantes banquetes en salones preparados para acoger treinta comensales, que se convirtieron en cincuenta y después en más de cien. Y del bocadillo y la cerveza se pasó al cubierto de dos mil pelas, y después al de tres mil y cuatro mil, que para eso es el día más feliz.

Y como llegó el cubierto se incrementaron los regalos y del reloj que era de lo mejorcito que podías tener para ese día se pasó a...bueno, la lista sería interminable y cada vez más cara.

Y me perdonaran ustedes, amables lectores, mi insistencia y mi pesadez, pero el tiempo nos trajo ya que el regalo comienza a estar caduco y se lleva el ingreso en la cuenta corriente. Y como una se entere de lo que vale el cubierto para el que ha sido invitada, ya sabe cual debe ser su mínima aportación si no quiere hacer el ridículo más espantoso.

Y la niña y el niño tan felices oiga, que para eso es el día más importante de su vida, y casi con toda seguridad eso de «recibir a Jesús» no volverán a hacerlo en muchos años. Y los padres, llorando de emoción, y los curas resignados aceptando la situación.

Es la Primera Comunión, ahora sí, en mayúsculas, como merece el hecho que nos ha llenado toda una página.

¿ Y los bautizos ? Eso sería otra historia que ya comienza a semejarse a la que acabamos de leer.

Pilar Martínez 

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