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Los helados de Rosendo han
refrescado el verano setabense durante casi siete décadas. Desde
aquel lejano abril de 1931, cuando Rosendo Pérez, El alicantino,
sacó su carro de mantecados por las calles de Xàtiva, hasta los
umbrales del siglo XXI, cuando su hijo Rafael busca ya el camino de
la jubilación, muchos han sido los que han acudido a la búsqueda
de la mercancía ambulante que se arrastraba sobre aquellas dos
ruedas de carreta o más aún los que en la calurosa tarde del húmedo
verano setabense han paliado su deshidratación con el espectacular
granizado de limón de la tienda de Rosendo, en pleno corazón del
Carrer Botigues. Conservando en la trastienda de su establecimiento
las vetustas heladoras de magnesio de calcio y los recipientes de
acero inoxidable para fabricar los polos de sabor a frutas tan
característicos del lugar, Rosendo ha desafiado a los adelantos de
la técnica incorporando con cuentagotas las novedades tecnológicas,
que han tenido que convivir con los métodos tradicionales de la
elaboración de sus populares chanvits o bombones helados.
Rafael
Pérez Juan es, a punto de cumplir los 76 años, uno de los
personajes más populares de Xàtiva. Su tienda de la calle más
comercial de la ciudad atiende desde 1960 las demandas de un público
que, en unos casos, busca el alivio urgente de un helado en verano
y, en otros, ejerce una ritual fidelidad hacia un limón granizado o
una horchata valenciana que pocos pueden superar. Rafael no se ha
librado en sus casi ocho décadas de vida del nombre de su padre a
pesar de no heredar en la partida de nacimiento la marca de la casa.
El título de Rosendo ha desplazado al de Rafael Pérez no sólo
en su liderazgo en el helado artesano de la comarca sino también en
la otra dedicación, ésta vez no profesional, de este setabense de
adopción e ibense de nacimiento: la bicicleta. Pionero de la práctica
cicloturista cuando dedicarse a pedalear con aquellos bombachos de
la época era poco menos que ser tildado de loco, Rosendo ha
encontrado un hueco entre la afición local y se le ha considerado
uno de los precursores del estallido que esta práctica deportiva
advierte en la ciudad desde hace más de una década. A su edad, y
no sin encontrar la desaprobación de los que le quieren, Rosendo aún
se despacha sus setenta kilómetros semanales entre pecho y espalda
a caballo de la rutilante Gios que conserva en su almacén,
sustituta de otras muchas máquinas que han ido envejeciendo.
En todo caso, la
venta estable en la tienda del carrer Botigues “sólo” tiene
cuarenta años. Son muchos quienes recuerdan el comercio ambulante
que ejercieron él y su progenitor en, al menos, tres puntos de la
ciudad básicos y otros menos habituales. Así, la esquina de la
entonces calle Wilson (donde estaba la farmacia de los Casesnoves) o
la fuente del Lleó, en la Fira d’Agost, han visto cómo acudían
centenares de personas ante las heladoras que el armatoste de madera
de Rosendo albergaba en sus entrañas. En las inmediaciones de la
ermita de Bixquert también fueron no pocas las veces que la mercancía
de El alicantino apagó la sed, en Pascua o en algunos fines de
semana del verano, a las masas que, todavía a pie, convertían en
un hormiguero humano los caminales de sus casas de campo.
Con la guerra
civil española vino la penuria. Cuenta Rosendo que “el primer
año de contienda seguimos trabajando, pero poco después eran
tantas las privaciones que llegamos a poder ofrecer sólo helados de
miel o de mosto de uva, porque no había azúcar con el que poder
fabricar los helados tradicionales”. Para Rafael Pérez y su
padre, “fue peor aún la posguerra”. La actividad
heladera de estos ibenses en Xàtiva se detuvo unos años., para
reemprenderla con más fuerza entrada la década de los cuarenta.
Surgió entonces el helado que durante años hizo las delicias del
comprador. Se trataba del tradicional mantecado que, mediante un
artilugio metálico, atrapaba entro dos galletas rectangulares una
generosa porción de cremoso helado de vainilla. El grosor de la
misma, en una época en la poco se sabía de alimentos empaquetados,
dependía de bastantes factores, entre los que figuraban la puja del
comprador variando al alza la tarifa de los cinco céntimos del
precio inicial o la simpatía que te tomaba el vendedor. Ya en
aquella época, dos marcas que hoy siguen estando presentes en Xàtiva
acompañaban en sana competencia la presencia en el mercado de
Rosendo. Helados Norte, quienes más tarde crearon Marisa
(Hoy en día, el despacho de venta de La menorquina) y La
Ibense, activa hoy con dos importantes establecimientos en la
Albereda de Jaume I y en Vicent Boix.
La idea de
preparar un helado de vainilla en forma de pelota que más tarde se
sumergía en un recipiente para darle una apetitosa cobertura
chocolateada derivó en el célebre bombón helado que, sin palo
alguno y vendido envuelto en papel de aluminio, se constituyó como
una de las grandes especialidades de los Pérez. De aquella delicia
en una época en que poca era la creatividad en torno a los helados
artesanos, el Rosendo hijo, ya es su local de Botigues, amplió, con
tino, los horizontes de su carta de productos y comercializó,
bien entrados los sesenta, el granizado de limón más famoso de la
comarca. De su dulzura, de su cuerpo y del porqué crea en sus
partidarios una fidelidad asombrosa, Rosendo guarda el secreto. “Es
el más bueno, y ya está”, asegura orgulloso de su llimó,
que es junto a la horchata, la especialidad del local. El líquido
elemento de Bellús, por otro lado, es el secreto -esta vez
confesable- del afortunado sabor de su horchata, “mejor que la
de Alboraya”, dice sin ningún rubor, “ya que a la
chufa, que es la misma, le acompaña el buen paladar que tiene
nuestra agua”.
Desafiante, como
todo comercio tradicional, a la invasión de las grandes
superficies, a los helados de industria que pueblan el congelador
del supermercado los 365 días o a las grandes firmes de alimentación,
Rosendo cubre la temporada baja de su local con una no menos
tradicional venta de elementos navideños para el árbol y los
belenes. Para el resto de la batalla, las excelencias de sus
granizados, el sabor “más dulce que el del resto de marcas”
de sus polos o un turrón creado “con pastillas auténticas de
Xixona que compro yo mismo en la tienda de La jijonenca”,
cuenta el veterano comerciante, hacen el resto.
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