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Con la llegada del mes de
septiembre han comenzado las clases para todos aquellos alumnos de
enseñanza infantil (a partir de 3 años) y los de Educación
Primaria. Miles de niños y niñas han comenzado sus clases con la
ilusión y la incertidumbre que supone esta circunstancia, pero para
muchos de ellos su pase al primer o segundo ciclo de la ESO supondrá
una barrera con la que tendrán que luchar y que hasta ahora ha sido
desconocida. La reforma educativa todavía tiene un largo camino que
recorrer para ser lo positiva que debiera. La ESO es el cambio hacia
lo desconocido, hacia las variantes más increíbles que puedan
darse y hacía un no deseado fracaso escolar si la base con la que
se acude no es la adecuada, y que se notará posteriormente en el
Bachillerato.
La
implantación de la enseñanza infantil a partir de los tres años,
ha sido una larga reivindicación que finalmente pudo llevarse a
cabo, pese a que muchas escuelas no están preparadas ni
estructuralmente ni los profesores adaptados para hacer de «guarderías»
de los más pequeños. Aún así, la enseñanza infantil es un
proceso rápido donde a los más pequeños se les enseña a
conocerse a ellos mismos, conocer el medio que les rodea y a
comunicarse con los demás.
El pase a la
Primaria, la cual durará un total de seis cursos, debería ser en
teoría la preparación justa que permitiese a los alumnos pasar a
la ESO con todas las garantías posibles. En estos seis años de
primaria los alumnos aprenden entre otras materias Conocimiento del
Medio (ciencias de la naturaleza, tecnología, geografía, etc),
Educación Física, Matemáticas, Lenguas y Educación Artística
(plástica, música, etc), que en teoría deberían servirle para
una formación básica.
Sin embargo el
pase al primer ciclo de la ESO supone en muchos casos, y según las
fuentes consultadas por esta revista, un verdadero trauma si el
profesorado o tutor de Primaria no ha incidido suficientemente en
las materias. De hecho, durante el primer ciclo de la ESO que se
lleva a cabo en las escuelas (12-14 años), los alumnos ya no están
sujetos a un mismo profesor, sino que las diferentes materias son
impartidas por distintos profesionales, y aunque las áreas son en
teorías las mismas, aunque ampliadas (tecnología, geografía e
historia, educación física, matemáticas, lenguas, música,
educación plástica...), la forma de impartirlas difiere así como
el modelo de evaluación que pasa del «progresa adecuadamente» o
«necesita mejorar» al siempre temido «4» del suspenso, o «7»
del notable.
Aún así, este
primer ciclo de la ESO consigue superarse sin excesivos problemas y
llega el momento del segundo, cuando los alumnos van a dar el salto
definitivo hacia el Instituto que les significará seguir en sus
estudios o abandonarlos a los 16 años. El pase a los institutos en
el segundo ciclo, es, para algunos por el hecho de que las escuelas
no pueden acoger tantos alumnos ni disponen de profesores, y para
otros por la necesidad de que vayan familiarizándose con un nuevo
estilo de enseñanza, con nuevos profesores, con un nuevo recinto y
con otros tipo de compañeros.
Sin embargo, y
siempre bajo la teoría, la relación maestros-profesores es
continua y activa, lo que debería suponer un pase de ciclo sin
probelas y una continuación de la enseñanza emprendida en el
primer ciclo. A pesar de ello, y según palabras de los propios
profesores de instituto, el reciclaje es una cuestión costosa y de
tiempo, y no se puede pretender que después de 15 o 20 años de
enseñanza de bachillerato, se cambie el «chip» para entrar en una
ESO cuya característica más importante es el trabajo en equipo.
Todo ello supone un nuevo cambio en las materias que se imparten al
alumno, aunque después de los primeros años, en estos momentos el
segundo ciclo está casi consolidado en su estructura original, y
precisamente esta consolidación ha provocado que la enseñanza
obligatoria termine con una base concreta, y aquellos que optan a
seguir con el bachillerato, tengan, en demasiadas ocasiones que
luchar contra corriente y comenzar casi desde cero una nueva forma
de estudiar y de aprender.
Por el contrario,
aquellos que han manifestado su voluntad de no seguir los estudios
de bachillerato, recibirán sin apenas problemas el titulo que les
acredita que han terminado la Educación Secundaria y aunque podrían
en este caso seguir con el bachillerato o formación profesional,
optan por el mundo laboral. En algunos casos el título no se
consigue, y entonces el alumno deberá optar por los programas de
garantía social existente o por el mundo laboral.
Sin embargo los
que opten por el bachillerato que debe llevarles dos años más
tarde a la selectividad que les abra las puertas de la universidad,
se encontraran con un sistema educativo muy diferente al que han
llevado a cabo en todos los años anteriores. Los trabajos en grupo
se reducen paulativamente y se empieza a estudiar como vulgarmente
se conoce «apretando los codos», algo que hasta ese momento no era
casi necesario.
La flexibilidad
de la ESO está provocando en algunos casos un fracaso escolar
excesivo tanto en primero como en segundo de Bachillerato. La base
de la ESO es blanda paras la dureza de un bachillerato que debe
apretar los dientes si se quiere llegar con garantías a la
selectividad.
Prueba de la
falta de criterios en la ESO para que el Bachillerato se presente
abierto a los alumnos, lo dice claramente el hecho de que en el
Instituto Josep de Ribera la tasa de suspensos en física y química
en primero de bachillerato superaba el sesenta por ciento y una tasa
un poco más alta era la que arrojaba inglés, cuando estas dos
asignaturas se imparten durante la ESO.
La ESO sigue
siendo un experimento sin gaseosa que pasa, de unos estudios
relativamente fáciles a la barrera majestuosa y altiva de un
bachillerato que hay que superar.
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