El final del efecto 2.000 o un nuevo escándalo nacional

 

Quien me iba a decir a mí que estaría más pendiente al inicio del nuevo año de como funcionaría mi ordenador o si tendría calefacción al levantarme por la mañana, que de los problemas económicos de los países más pobres, de la deuda externa, del hambre en el mundo o del nuevo pelotazo nacional que iba a significar esta tontería que durante más de un año nos han venido vendiendo para que ajustásemos nuestros aparatos a un efecto que nunca fue efecto, sino más bien la consecución de un defecto que como siempre, hemos pagado los mismos.

Vayamos por partes ahora que se analiza en frío. Nuestro ordenador, un 24 de septiembre, por ejemplo, se pone en la fecha del 1 de enero del 2.000 y vemos que funciona perfectamente por el simple hecho de que los relojes funcionan perfectamente si están en las condiciones normales. ¿Donde está el efecto? ¿Quien ha ordenado a los ciudadanos de a pie, a las pequeñas empresas, a las grandes multinacionales y a todo dios viviente que revise sus aparatos? ¿Acaso no era suficiente con la simple prueba anteriormente citada? ¿Porqué han estado dándonos en coñazo de que se iba a terminar el mundo si  o entraba un técnico en nuestra casa a poner en orden el sistema operativo de nuestro hogar ?.

Verdaderamente pienso que el tema es mucho más grave de los que parece máxime cuando han sido los gobiernos los que se han implicado al máximo y algunos de sus amiguetes se han llenado los bolsillos (una vez más) como ocurrió en las ediciones del BOE, el AVE, la EXPO y decenas de casos que todos conocemos y han terminado en los tribunales.

Es de juzgado de guardía el que indirectamente se haya obligado a gastar millones de pesetas para paliar un efecto que no existía pero que había que inventarlo. Movilizar tierras y mares, ejércitos y fuerzas de  seguridad por el capricho del pensador de turno es cuanto menos de fiscalía anticorrupción. Un ordenador puede pararse el día menos pensado; la central de Cofrentes puede explotar cuando más tranquilos estemos si no se desmantela; el ascensor detenerse caprichosamente si le place, y oiga usted, en el barrio donde yo vivo cada día sí y otro también cortan la luz y no precisamente por ningún efecto, sino más bien por los defectos de unas líneas caducas, viejas, inservibles y patéticas que con unos pocos millones funcionaría perfectamente. Seguramente con muchos menos millones que los que se pagaron a los trabajadores de Iberdrola para que estuviesen de guardía esa noche vigilando nada, y brindando por el año nuevo que acababa de comenzar. Como bien diría el genial Forges: «País...».

Estoy seguro que dentro de unos años se hablará de fulanito de tal que se hizo rico gracias a la entrada del 2.000 y tendremos un  nuevo pelotazo nacional al que nos tienen demasiados acostumbrados. La verdad es que se lo montaron de muerte: todos los medios de comunicación entraron en el juego y dieron horas y más horas de información sobre el efecto, nos entró el miedo en el cuerpo, creímos que la tecnología iba a morir, y desde la otra parte de la mesa de un despacho a alguien le entró la risa.

Sería por el efecto del defecto.

De vergüenza.

Salvador Seguí

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