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Por
tercer año consecutivo, después de casi veinte de no estar
presente, Juan Francés volvió a exponer en la Sala Gabernia de
Valencia, que con un público fiel y entregado, esperaban el regreso
de Francés, para poder contemplar, con la emoción que siempre
causan sus creaciones, como el pintor de Xàtiva ha llegado a la
cumbre de sus creaciones más exquisitas, en una constante evolución
que parece no tener final.
Francés optó en
su momento por acudir a su cita anual en Madrid, donde la Galería Zúcaro
le abrió sus puertas durante ocho años consecutivos, alternando
esta muestra con sus exposiones en Nueva York, donde el pintor
consagró y dignificó un paisaje no ya sólo personal, sino con un
expresionismo donde el colorido era ya parte inseparable de unos
trazos calientes y gruesos capaces de desenmascarar los misterios
del paisaje, o de tratar dulcemente la transparencia del cristal que
ocupa el primer plano del lienzo.
Estas poéticas
creaciones se han venido superando con el tiempo, y en estos
momentos, Juan Francés ha expuesto en Valencia una obra mucho más
emotiva y que llega a descubrir la parte más íntima del pintor, y
que revela un momento dulce en la vida de artista. Atrás quedan épocas
donde los grises y los negros ocupaban la materia fundamental de las
creaciones, confiriendo a las obras de Francés una bella tristeza.
Esta tristeza se ha convertido ahora en una alegría constante,
posiblemente por la evolución constante del pintor, que en un claro
y revolucionario inconformismo, se olvida del pasado para mirar
adelante en un claro compromiso por su arte tan peculiar y tan pragmático,
que hace de Francés un artista temperamental dispuesto a presentar
creaciones que sorprenden por su sencillez e ilusionan por su creación.
Juan Francés ha
querido dar vida a los objetos cotidianos de cada día: vasos,
frutas, candiles...para que estos reinvindiquen su derecho a tener
la propia personalidad; y de este modo, todo aquello que estamos
acostumbrados a ver a nuestro alrededor cada día, se vuelve
diferente, con una magia especial.
Y en el paisaje
ha querido descubrir la luz que en ocasiones se escapa a los ojos, y
presentar espacios solitarios con una intensidad que no hace sino
corraborar el inconformismo de Francés incluso a la hora de plasmar
la flor de un cerezo. Hasta eso, esa simplicidad, tiene cabida en la
creación.
Sólo hace falta
que Juan Francés se presente algún día ante sus conciudadanos que
sin ninguna duda le recibirán con los brazos abiertos, como le han
recibido en Valencia, donde no bastaron veinte años para que el público
(fiel público), se olvidará de él. Todo lo contrario. Su última
exposición así lo demuestra.
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