A propósito de las normas de convivencia

 

Un país, cualquier país, se rige por toda una serie de normas de convivencia que hay que cumplir para que la sociedad funcione correctamente. Además es necesario establecer una serie de mecanismos sancionadores para cuando las normas no se cumplan, pero como en todo país, se miden con diferentes raseros y los afanes recaudadores marcan en excesivas ocasiones lo que debería ser la normalidad diaria.

Efectivamente se sanciona cuando un joven circula con su motocicleta sin casco, pero esta norma debería ser siempre la misma y no cuando a unas autoridades de turno le vengan en gana. Sin ninguna duda hay que sancionar a aquellos que con los tubos de escape libres, se salen de la norma del silencio que se marca en cualquier ciudad, pero no sólo hacerlo en un momento determinado.

Eso serían dos ejemplos sancionadores y luego vienen los que se establecen por cuestiones puramente personalistas o recaudadoras. Una grúa no debería llevarse un vehículo un sábado por la noche por el simple hecho de que esté estacionado en mitad de una plaza donde no puede hacerse. Ese vehículo no molesta ni entorpece el tráfico rodado, y sin embargo en horas puntas los que deberían vigilar el correcto funcionamiento del tráfico no se ven, y de esta forma las ciudades son un caos, cuando unas acciones contrarias a lo escrito, harían más habitables y más justos los espacios urbanos.

No puede sancionarse un estacionamiento en doble fila por tres minutos de parada, y dejar impunes adelantamientos por la derecha o velocidades de vértigo por dentro de la ciudad. No debería ser sancionable lavar un vehículo en calle y lo es, y sin embargo nadie se molesta en vigilar cuantos arboles se cortan con nocturnidad y alevosía, o como se contaminan los ríos con vertidos incontrolados por parte de empresas que ganan miles de millones de pesetas al año, y entre todos debemos pagar depuradoras y ver con se mueren los peces o se deteriora la flora.

Las acciones depresivas sin motivo grave que así lo indique, sólo hace que  la sociedad siga enquistando vicios demasiado arraigados que luego no se pueden quitar fácilmente.

La justicia debe medirse por un rasero mucho más adecuado a una sociedad moderna en pleno siglo XXI, que no puede ni debe entender acciones ancladas en el tiempo y en el pasado. Es como cuando se llevó a cabo una última reforma penal y resulta que la anterior tenía más de un siglo.

Modernizas una sociedad pero dejar cabos sueltos tan importantes como las acciones diarias que marcan el quehacer de los ciudadanos únicamente llevan al fracaso.

Y fracasos ya tenemos demasiados.

JAIME SANCHIS ESTORNELL

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