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Hace
veinticinco años, en 1975, estábamos muy cerca del final de la
dictadura franquista. En la reciente historia escolar de nuestro país
es importe tomar como referencia al franquismo porque este representó
desde sus inicios, por un lado, al destrucción de todas las
interesantes experiencias pedagógicas que habían tenido lugar
hasta entonces y, por otro, un intento sistemático de impedir que
pudiera rehacerse con dignidad la educación pública, a la que
incluso se le negó ese nombre.
La degradación
del sistema educativo, sobre todo en sus niveles primarios, había
llegado a tal punto que a finales de los años sesenta se hizo ya
imperioso imprimirle un giro significativo que cambiara la imagen
deplorable que se proyectaba hacia una Europa a la que se
reivindicaba la
incorporación. Nació así la Ley General de Educación (LGE) que,
a pesar de su elitismo tecnocrático, fue saludada con esperanza,
aunque en el año 1975 este optimismo se había extinguido por
completo.
De todos modos el
profesorado había sufrido una importante renovación y durante un
decenio más pudimos presumir, aunque entonces no lo supiéramos, de
tener probablemente una de las mejores enseñanzas primarias y
secundarias de Europa. El precio fue tratar injustamente a muchos
alumnos a los que forzaba encaminarse a una Formación Profesional
que nunca se cuidó como debiera. Pedo durante esos años, entre el
75 y el 85 aproximadamente, la ciudadanía encontraba en la política
un asunto más importante del que ocuparse.
El primer
gobierno socialista trajo consigo la aprobación de una ley muy
importante, quizá la más progresista que se aprobaba en este país
desde antes de la guerra civil. Se trataba de la Ley Orgánica del
Derecho a la Educación (LODE) que, a pese a la oposición de
algunos sectores conservadores y eclesiales introducía la
democratización escolar por una doble vía: participación social y
vida interna de los centros. Esto suponía, finalmente, la refundación
de la dimensión público-política de la educación.
En torno a esos años
comenzó también la experimentación de una reforma educativa que
culminaría en la aprobación de la Ley de Ordenación General del
Sistema Educativo (LOGSE), en el año 1990. Su principal logro es
haber prolongado el periodo educativo básico de toda la población
elevándolo hasta los dieciséis años y acabando con la injusticia
de una segregación temprana. Pero acompañando a la implantación
progresiva de esta ley se han planteado nuevos problemas que, en
cierto modo, representan el giro conservador de nuestra sociedad y
gobierno, lo que ya se puso de manifiesto en el año 95 con la
aprobación de la Ley Orgánica de la Participación, Evaluación y
Gobierno de los Centros Escolares.
En definitiva, si
la escuela ha cambiado mucho durante estos últimos veinticinco años,
parece que todavía podemos presenciar nuevas transformaciones. De
nosotros depende que vayan en la dirección de lo que constituye el
verdadero desafio en el presente: asumir la equidad como criterio básico
para corregir el agresivo mercantilismo que hace a nuestra sociedad
cada vez más injusta con los desfavorecidos por la economía, la
cultura o la inteligencia.
*Profesor
de la Universidad de Valencia.
Extracto
de la conferencia pronunciada con motivo del 25 aniversario del
colegio Jacinto Castañeda
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