La nueva corona del territorio valenciano

 

De Pedreguer a la Xara han fet una carretera...» cantaba el ahora reconvertido al «valencianismo blaver» Lluis el Sifoner, para narrar la distancia que existe entre los dos pueblos, como se narra el territorio de la Comunidad Valenciana al referirse a aquello de «de Vinaròs a Orihuela», y en este caso nada más justo que establecer ese paralelismo para poder conocer un territorio valenciano, que según en que parte se encuentre, le sería perfecto aplicar aquello de «la mateixa mare i fills diferents».

El Barça, Madrid y Valencia siempre han rivalizado en este territorio invertebrado, para llevarse el gato agua, y en este asunto, mejor decir la afición y los colores. No existe ningún otro territorio que tenga un equipo en primera división, donde hayan tantos forofos del Madrid y del Barça. De los primeros, dicen los entendidos que se remonta al tiempo «del mal d´Almansa», o cuando Franco le ponía al Madrid las copas en bandeja, y de los segundos, por aquello de la unidad de la lengua o por ser «més que un club» con permiso los holandeses y del defenestrado Val Gaal (¿porqué pronuncian Fan Jaal en Canal-9?), pero lo que es bien cierto es que el Valencia ha tenido que el tercero en discordia, justo hasta la noche del 24 de mayo.

En ese momento comenzó a crearse un territorio propio, consiguiendo el fútbol lo que no ha podido ni l´Estatut d´Autonomia ni el mapa comarcalizador del expresidente Josep Luis Albiñana. Hasta el Molt Honorable Zaplana ha confesado sus cambios de predilecciones (que no de colores), ya que sigue con el blanco pero el de aquí, y como la ocasión lo requería, la noche del 24-M, lució una corbata naranja al más puro estilo Rita Barberá cuando se viste de Butano.

La noche del 24-M se dio cita el verdadero espíritu de un territorio con una personalidad propia, que marcó un compás de espera que el futuro deberá decidir como ha sido y si llega el momento de la consolidación. De momento el «amunt València» (lo garrulo que es el himno y hay que ver como se pega), se escucho de Vinaròs a Orihuela, mientras que el naranja, el blanco y el gris llenaban de color y fiesta las calles y plazas de pueblos y ciudades.

Si Sant Denís fue una fiesta reivindicativa del territorio en plena capital francesa, su sombra se alargó por toda la Comunidad, aunque nada tuviera que ver con Sant Donís y la «mocadorà», pero el sentimiento en común de un equipo se presentó con una intensidad reprimida y guardada por causas desconocidas. Tanto es así que el Kili como Pellegrino son como de casa; Gerard adoptado; Ilie el hijo rebelde; Djukic y Anglomá los imigrantes legales; Mendieta y Angulo el futuro del país; mientras Carboni y Cañizares son los líderes de la futura revolución.

Un nuevo territorio acaba de nacer. Sólo falta despedir de una vez por todas a Julio Iglesias, que en plena desfachatez apostó por «mi Madrid», olvidando que en su día fue nombrado «Embajador Valenciano», pero como ese territorio murió, a rey muerto rey puesto. Largamos al Julio para siempre; las arcas publicas se ahorran un montón de centenares de millones; y hacemos feliz a Héctor Cuper, quien con todo merecimiento, ocuparía la nueva corona del territorio.

 Javier Calabuig

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