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El
director de un medio de comunicación de Xàtiva me reprochaba el
que desde esta revista se diese cobertura publicitaria a otro medio
de comunicación, al que él calificaba como de «ilegal», aunque
después de unos minutos de conversación telefónica, acordásemos
mutuamente calificarlo de «alegal», como una forma más sensata.
Mi
interlocutor aseguraba que ese medio no tenía ninguna licencia
administrativa, no había pasado los filtros necesarios para ser
autorizado, y consecuentemente había sido denunciado por emitir de
forma irregular y ser competencia desleal de los que poseen todos
los permisos habidos y por haber, en un país, por cierto, llenos de
papeles y burocracias. Las denuncias, sin embargo, no habían
conseguido el cierre de ese medio, supongo que por el vacío legal
que existe en los términos de la libertad de expresión. Bien pues,
algo es algo. Pensé.
Sus
reproches, llenos de una carga moral que me sorprendieron
ingratamente, finalizaban asegurándome que su medio, al que también
se le da cobertura publicitaria en esta revista -por aquello del
intercambio entre colegas-, no podía compartir páginas con el «alegal»,
por orden de su empresa por lo que sintiéndolo mucho debía
retirarlo de mis páginas si seguía dando cancha al otro. O sea, o
conmigo o contra mí. Y eso sí queme dolió.
Un
servidor es especialmente sensible a los términos ilegales, o por
seguir con el acuerdo establecido, con los alegales. Se llama alegal
a aquello que se consiente pero que no posee los requisitos que se
establecen para ser legales. Los inmigrante ilegales no tienen
derecho ni al agua, pero si se les firma una orden de residencia
pasan a ser ciudadanos, no de primera, pero al menos de segunda.
Y
como no se trata de hacer demagogias del término, nos referiremos
al mundo de la comunicación, donde los intereses creados han
provocado que las legalidades hayan sido en ocasiones tremendamente
ilegales con el visto bueno de una administración que ha consentido
los abusos de poder de los grandes medios, empeñados en comerse a
la pequeña competencia para no tener ningún tipo de rival.
Ello
que provocado que apenas tres o cuatro grandes grupos dominen las líneas
editoriales de este país, con todo lo que ello supone de cortapisas
para la libertad de expresión e información. El ejemplo de Italia
también es muy ilustrativo, cuando Berlusconi, un empresario ajeno
al mundo de la comunicación se convirtió de la noche a la mañana
en el gran dominador de la información al absorber a los pequeños
medios que no pudiesen defenderse del feroz ataque.
En
este país ha ocurrido tres cuartos de lo mismo, con acciones de
opas hostiles que no debían haberse consentido nunca, y que
sirvieron para que en estos momentos sean apenas dos o tres grupos
de comunicación los que posean centenares de cabeceras de revistas,
periódicos, radios y televisiones, y cuyos movimientos en un pasado
reciente no sólo rozaron la ilegalidad, sino que la traspasaron de
forma flagante.
Los
tribunales acaban de sentenciar que la absorción de las cadenas de
Antena-3 radio por parte del grupo Prisa, para convertirlas en
emisoras de la Ser fue una acción ilegal. ¿Que ocurre ahora? ¿Se
le devolverán las emisoras a Antena-3 ?. ¿Puede un movimiento
editorial de ese tipo quedar de rositas?. Y que conste que repito lo
de acción ilegal, y ello por no entrar en detalles de la posición
de los tribunales en este tipo de operaciones nada claras y sí muy
oscuras.
En
estos momentos existen centenares de televisiones locales emitiendo
de forma «alegal» por existir un vacío administrativo motivado
por el miedo a desarrollar de una vez por todas la ley de televisión.
El partido socialista tenía verdadero terror a estas televisiones,
y los populares tienen en el cajón una ley que no se atreven a
presentar en primer lugar por que su formato no es válido para todo
el territorio español, y en segundo lugar porque obligará a
legalizar a las que ya están emitiendo desde hace años.
Y
mientras tanto se han venido dando concesiones de radio de forma
legal, pero con decisiones ilegales. Ha sido más de lo mismo, y se
han llevado el gato al agua los «amigos de sus amigos» que han
visto incrementado su poder con nuevas emisoras para engrandecer su
ya dilatado panorama empresarial. ¿Cuantas emisoras independientes
existen en este país que no pertenezcan a las grandes cadenas? ¿Que
ocurrió con Radio Activa de Ontinyent a la que devoraron sus
grandes competidoras?. Podríamos poner centenares de ejemplos que
aburrirían al personal.
Por
ello el término «ilegal», o «alegal» cuando se consiente, tiene
una doble vertiente que puede convertirse en muy peligrosa si se
utiliza de forma tan ligera y sin entrar en el fondo de la cuestión.
Cualquier ciudadano puede abrir mañana un periódico con un simple
NIF y el pago de un IAE, pero sin embargo no se puede emitir por una
cadena de televisión o una radio que no tenga una concesión un una
frecuencia o un dial concedido administrativamente; y para
concederlo deberán tener una serie de características concretas a
las que seguramente no podrán hacer frente, con lo que estaremos al
principio de la historia. O sea, accederán los mismos.
Bajo
este panorama tan desalentador sólo queda la reflexión de que mi
libertad termina donde comienza la del otro. Por ello el derecho de
estos medios de comunicación «alegales» es totalmente
reivindicable, como en su día reivindicamos la existencia de «Radio
Socarrada», como una alternativa al poder convencional.
La
coexistencia de medios no sólo enriquece el panorama informativo,
sino que establece una sana competencia por una audiencia que es
libre de elegir aquello que más le guste, y no se detiene a pensar
en legalidades o ilegalidades cuando escucha la canción dedicada de
Joaquín Sabina; la crónica de ocho minutos hablando de «Gran
Hermano», o la publicidad de Lámparas Rafael Tormo.
Y
mi interlocutor me recordaba mi pertenencia a la Unió de
Periodistes Valencians como si ello hubiese de suponer un nuevo
rumbo en mis conceptos de sensibilidad. Justamente todo lo
contrario: la Unió es de los que defienden la legalización de
todos los medios que emiten; la profesionalización de todos
aquellos que trabajan en los medios de comunicación, incluso los
corresponsales de los pueblos más escondidos, y sobre todo el
derecho a la libertad de expresión por encima de cuestiones vanales
y administrativas.
Lo
siento querido director, pero desde estas páginas seguiré dando
cobertura publicitaria al medio que tu consideras «alegal». Y lo
seguiré haciendo porque estoy convencido de que es la postura más
coherente si realmente estamos convencidos de la pluralidad
informativa olvidando el burocrático papel que legalice lo que el
oyente tiene legalizado desde hace mucho tiempo. Quizás tendríamos
que abrir otro debate que nos enriqueciese mucho más, como el de la
calidad informativa, si es que eso nos puede interesar en algún
momento.
Y
créeme que me duele hacer caso de tu decisión de «no querer estar
donde está el otro», porque pensaba que todos estábamos en el
mismo sitio, pero vistas las cosas ya has visto cual ha sido mi opción.
Será
por aquello de la sensibilidad que siempre queda dentro por mucho
que pasen los años.
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