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Así
lo narraba Sancho en la Feria. Hablaba de la Fuente del León y la
de los 25 Xorros, así como de las ochocientas fuentes-sirenas que
existían en las calles y patios de la ciudad. Habla el autor en
nombre de Sancho de como su Señor vive una boda de gitanos. De como
es la Feria de Xàtiva. Nombrar las cosas es darles existencia. En
la ciudad los vigilantes, el Puig, Santa Ana, Peña Roja, el
Castillo, Vernissa, el Calvario Alto...ahí están. Así lo narraban
los viejos caballeros cuando hablaban de una Feria universal y única.
La
Feria se despereza a sus pies, pidiendo una lectura visual y una
lectura de meditación. Así la vio Sancho Panza, caballero en su
jumento a las puertas del hostal, sacudiéndose las moscas del
camino de la Isla prometida por su amo y señor.
Y
cuentan los cronicones que, después de haberla recorrido de cabo a
rabo, dijo al dueño de la posada que él conservaría intacta la
meditación, aunque su señor enfilara discursos de sueños en la
boda.
Desde
cualquier sitio que la contemples- decía- desde las primeras
casetas con viejas heridas de sierra hasta el campamento de las
caballerías y los gitanos -faja prieta, tufos, colilla en boca y
vara en puño- vigilando las frituras y paellas en el suelo,
gritones y festeros, bordando engaños al payo del paño.
No
tiene esta Feria -bien se ve- rumor de mar, como las de la costa,
pero tiene dosel de frondas de arboles gigantes, poblados de pájaros
locos que cruzan los ríos a lo ancho sin mojarse, peregrinos al
amanecer en busca de su comida y, ya con las primeras sombras, de
regreso a casa. Es a estas horas cuando el vinillo de la ternura se
os subirá a los ojos, al analfabeto como al hombre de letras; a
todos les abre y acelera el latir del corazón: los ojos a la «videncia»
y el corazón a la «evidencia» del silencio que suena a plata.
Yo
estoy aquí porque mi señor, hombre de grandes aventuras con duques
y prelados, recibió días ha una carta en la que se hablaba de las
luces de gas de otra hora, de los bailes del Casino y los corros y
corrillos de señoritas vestidas de blanco. Su contacto con la poesía
de la Feria avivaba la fantasía de los galanes y el consumo de «mantecados»
que era cosa de ver, mi señor Don Quijote, y quiere el escribiente
que su merced la conozca.
Y
tráigase a Sancho, el escudero socarrón, a prueba de alforjas y
malicias, que su merced se propone afinar para el trato con los
duques; por lo pronto, que se quite de ese reconcomio de los ajos y
los refranes. La Feria de hoy, le dijo el cura del lugar, es otra;
pero yo estuve allí dos tardes y regresé con un mareo de caerme, y
testimonio tengo de sus luces de demonio, en las estampas que saqué
con la máquina que me prestaron.
Yo
quisiera -añade el buen sacerdote- conocer el nombre de los
primeros organizadores a los que calificaban de románticos, con esa
fe que orilla las empresas más difíciles, perfilando sueños en
potencia creadora para que la vierais como yo la veo en la niebla de
la noche de la distancia.
La
perspectiva general de la Feria, si circo con barristas y «ecuyere»
en caballo blanco y su reloj de Cuco inexistente tiene sus horas de
marea alta. Para la «vivencia» de que os hablaba, sus noches del
Real; no es «porrat» de romería ni Feria de muestras en la que lo
industrial espanta la poesía: es un pájaro de vivos colores que
dialoga con el nativo de dulces nostalgias y ternuras de otros
tiempos al paso de los fantasmas pálidos de Mercedes, Rosita, doña
María, Anita y Fernanda...¿Qué habrá sido de ellas? ¿Enviudaría
la dama? ¿Casarían las muchachas? ¿Serán felices? ¿Se acordarán
de los versos del coplero que desgranó una noche mágica?.
No
tenemos, Sancho amigo, mejor dicho, no teníamos la teoría de las
cien escaleras con mil peldaños, ni pérgolas floridas, ni luces de
situación de los barcos que encienden los presumidos al caer la
tarde, falda azul marino, cuerpo azul de cielo sin tumulto de
desfiles toreros, pero tenemos las voces de las niñas del Colegio
de las Hermanas Dominicas, pared con medio con macetas de albahacas
siguiendo la muralla festera.
La
hora de los huertos y la huerta, del brazo, con frutas y flores
lleno el cestillo en el mes de las parvas; los cuadros acotados con
sus rosas y sus hortensias; sus racimos de glicinas; amarillos y
rojos de los tulipanes; lámparas de Custodia de la cándida Santa
Cena y el drama del Nazareno; los geranios encendidos y el verde
charol de los magnolios, pebeteros del Señor.
La
hora de las luces oro y malva, suspendidas en el aire quieto; el
jazmín y la madre selva se esponjan, tapiz de procesión y el
girasol dobla su cuello de cisne que bebe con sed en la taza del
surtidor en que se mira agua serena y clara como los ojos de los
adolescentes que cantaron los poetas de la ciudad.
Es
la hora romántica que los ángeles empiezan a clavar sus clavos de
plata como estrellas. Ya sabéis -habéis de saberlo- que cada Ave
María al Angelus, es una estrella que se enciende. El lucero de la
tarde, pequeño sol para los gatos en sus aventuras nocturnas por
los tejados se convertirá en la caracola de mar que llevaréis a
vuestro oído, con la ayuda de una silla, para comprobar el milagro
de que la voz de los mares se conserve allí como tesoro abierto a
las rutas misteriosas de la vida en todos los continentes.
Sancho,
con las piernas abiertas como viejo marino que fue, se persigna su
Ave María por una estrella y echa andar camino del hostal que es la
hora del rucio. Ya en la cola de la Feria descubre la magra silueta
de su señor con los gitanos de la boda y hombres de pro de la
ciudad que le festejan con vítores al más cumplido caballero de
todos los tiempos, perdiéndose en la masa de los que presencian el
castillo de fuegos artificiales con su lluvia de truenos, lumbres
que a la misa Dulcinea encantarían como prólogo del baile del
Casino, con sus llaves de poesía forjadas en el oro y la plata del
descubrimiento.
*Artículo
publicado en el Libro de la Feria de 1962
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