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Rasgando
las gasas de unas neblinas el sol mañanero se asoma ruboroso sobre
el monte del Calvario alto para contemplar el desperezo de la bella
Sultana almorávide; la augusta Saetabis de la antigüedad; la
ciudad de los pontífices y del Españoleto; la ciudad que parece
nacida al conjuro de un maridaje del Arte y del Trabajo, de la fe
religiosa y del halago de la Naturaleza; ciudad guardadora del
tesoro de sus recuerdos y tradiciones nimbadas poesía.
Viejos
mármoles pregonan las gloriosas gestas de la ciudad mártir que
retoñó de sus propias ruinas y cenizas de su incendio en 1707. Más
la roja corona del martirio se ha trocado en dorada diadema de
gloria, cuando trocadas las armas de combate por aperos de labranza,
y el metal de la guerra por el de la industria, y el humo de las
batallas por el de las chimeneas fabriles, volvió a ser Xàtiva
emporio de las artes, de la ciencia, de la riqueza y del saber, a la
par que en sus virtudes, el arrullo de la fe del trabajo y la
cultura.
Del
brazo la industria y el comercio, la artesanía y el agro, hacen
alarde de riqueza en una semana de feria anual agosteña. De la región
levantina y del solar ibero acuden a millares los visitantes a Xàtiva.
Más no todos saben verla ni logran conocerla bien. Los más se
encantan breves horas ante el brillante ropaje de luces, colores, músicas
y llamativos espectáculos. Son los menos los que, prescindiendo de
ese canto de sirena y este espejuelo pasajero, se adentran en el
corazón de la histórica ciudad monumental del pasado o en la
laboriosa población del presente.
La
Feria de Xàtiva y sus festejos diurnos son principalmente para los
forasteros. La Feria nocturna y sus veladas (nuestra Feria) es para
los setabenses. Xàtiva es la canícula en un pueblo nocturnámbolo.
Hay vecinos que sacan a la calle una mecedora y allí dormitan hasta
el amanecer. (Culpad al calor agosteño de estas extravagancias).
Otros a seguida del postrer apagón de la Feria, se desplazan a
Bixquert para ofrendar su sangre a los mosquitos.
De
corridas de toros, certamen musical y otros festejos de la Feria a
pleno sol, nada decimos aquí para no restar sorpresas al forastero
que nos visite, sólo queremos rememorar en estas páginas lo que
ellos no suelen ver: las tracas, las verbenas, las iluminaciones,
las serenatas y las veladas de nuestra Feria.
La
kilométrica Alameda, en la penumbra de sus lucecillas, soñolientas,
dormitaba al cobijo de su arboleda cuando la hoja del calendario y
la saeta del reloj señalan la primera hora del 15 de agosto. Ecos
de música y tambores, y estampidos
de traca y carcasas, despiertan a nuestra Alameda que se
inunda de resplandores por centenares de focos eléctricos y
millares de bombillas, que, alineadas en interminables hileras,
finalizan en rayas de luz que paralelamente piérdense en
lontananza.
En
el celaje sereno parpadean incontable luceros haciendo corte a la
luna; y parece que otros tantos haya llovido sobre la Alameda de la
Feria con sus quioscos, casinos, atracciones y jardines, coreando la
alegría de las músicas y arrastrando tras de sí en sus ojos a los
antedichos luceros.
Al
arrimo de la Feria, en los extremos de la Alameda bulliciosa, el
Parque y la Glorieta son remanso de sosiego y de quietud, como
jardines de silencio y de penumbra. De día, sus bancos brindan
descanso al forastero, pero de noche, los hipotecan parejas de
enamorados que se apartan del bullicio. No estorbemos sus arrullos.
Sigamos adelante; acudamos al llamamiento de unas orquestinas que
lanzan al viento sus estridencias de foxtrots, tangos y notas exóticas.
Son las veladas de sociedad de los círculos recreativos.
Setabenses, del Comercio y otros -con reserva para sus socios y
familiares, naturalmente-. Y a través de las verjas de sus jardines
mozos y mozuelas miran con envidia cómo danzan los afortunados y añoran
estos años aquellas verbenas populares que en los anteriores se
celebraban en la Glorieta. Y en estas noches que convidan a bailar,
los más se contentan en pasear por el Salón de la Alameda oyendo
el concierto de banda, cruzando saludos, miradas y sonrisas, y
luciendo vestidos nuevos, chaquetas blancas y primores de peluquería
femenina. Finalmente, unos caramelos, un helado y un ...«hasta mañana»
cariñoso. Son veladas de recuerdos para las mamás y de ilusiones
para las niñas.
La
Feria empieza donde terminan las carreteras de Levante, invadiendo
la explanada (ferial de ganados), abordando la Alameda por ampliar
escalinatas de mármol, y entre merenderos, paradas de loza y filas
de casetas frente a los quioscos de refrescos, llega al centro de la
Feria, entre los casinos y los jardines, para proseguir por la
Avenida de José Antonio (hoy de Selgas) y terminar en la
Plaza del Generalísimo (de la Bassa), inundada por laberinto
de dos o tres docenas de espectáculos (columpios, tiros, caballets,
toboganes, rifas, pistas, carrouseles, etc.). Esta es la Feria del
bullicio y de la alegría; algo como sucursal, apéndice o legado
ruidoso de la Feria navideña de la capital, que, al terminar la de
Julio, traslada (en agosto) la carga de la Alameda de Valencia a la
de Xàtiva.
En
la semana de Feria (como en la semana fallera), las noches son de no
dormir. Preguntad si no a cualquiera de los ciento ochenta bancos de
los paseos municipales.
De
doce a dos de la madrugada sirven de trono a Cupido; de tres a siete
de la mañana, son camas para feriantes; de ocho a diez, descanso
para forasteros; a medio día, son asiento para el ardoroso Febo, y
por la tarde, para el afortunado que los conquista.
Pues
bien, las veladas de la Feria, cuyo apogeo empieza tras la cena
hasta altas horas de la madrugada, lo tienen a media noche con música,
tracas, bailes, luces y ruido, hasta una hora más del apagón del
alumbrado extraordinario. Hasta las tres de la madrugada es tonto
empeño el dormir. Y a las seis, nos despiertan las campanas de los
campos, el Rosario de la Aurora, el trasiego de camiones, los
vendedores ambulantes y las gentes que madrugan y las que
trasnochan, ¡Ah! y los gallos que saludan al sol naciente.
Noches
caniculares (agosteñas), caldeadas por sus días soleados. En las
fuentes públicas se forman colas. En casinos, quioscos y cervecerías
no bastan las mesitas y sillas. Los helados se despachan a millares.
Noches de tracas, castillos y fuegos aéreos. Noches de calor.
Noches de miradas incendiarias, que, ahorrando palabras, lo dicen
todo. Hay ojos femeninos de un azul claro, que de tanto mirar al
cielo se contagiaron de su luminoso azul. Los suele haber negros; más
no visten luto, pues recordando el incendio de la ciudad dels
socarrats por la venganza de un rey exótico, en 1707, cuando de
la negra humareda salían los luminosos relámpagos de las llamas,
asimismo, de la negrura de los ojos de nuestras paisanas, sale la
luz al calor de sus miradas.
Noches
de fuego. Veladas de Feria inolvidables.
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Este artículo fue escrito en la década de los años cuarenta por
Calor Sarthou, y por su interés poético, sentimental y apasionado
narrando la Feria, se ha creído oportuna su reproducción.
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