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Los
nombres modestos del motociclismo de los alrededores, fraguados
algunos en las carreras semiclandestinas de una explanada
industrial, han sido el vivero del que se ha alimentado en alguna
ocasión la carrera de Xàtiva
La
carrera de motos de la Fira de Xàtiva se resiste al paso del
tiempo. La antiquísima prueba deportiva alcanza su 49ª edición
con la de este año y vuelve a generar las expectativas propias de
un espectáculo para todos los públicos en el que poco importa el
escaso fuste deportivo que tiene dentro del circuito de
competiciones oficiales de carácter nacional. La carrera setabense
llena de estridencia las calles de Xàtiva durante una mañana
entera, generalmente la del domingo que cae dentro de la franja del
15 al 20 de agosto. República Argentina, Baixada de L’Estació,
Padre Claret y Gregorio Molina son los ejes fundamentales por los
que discurre el trazado enteramente urbano de esta prueba. Un calor
asfixiante, un público que abarrota algunos tramos del recorrido y
la mezcla de pericia y temeridad de los pilotos que toman parte son
características casi irrenunciables en esta cita deportiva.
José
Luis Macías,
presidente del Moto-Ruta Xàtiva y extraordinario aficionado al
motociclismo, es el máximo responsable de organizar la prueba. Es
tanta la tradición de oportunidad para nuevos valores o para
corredores con menos posibilidades que ofrece esta carrera que casi
se organiza sola. Apenas unas semanas antes de su celebración, el
listado de participantes cristaliza y la organización empieza a
desplegar las gestiones para tener a punto el circuito. Los nombres
modestos del motociclismo de los alrededores, fraguados algunos en
las carreras semiclandestinas de una explanada industrial, han sido
el vivero del que se ha alimentado en alguna ocasión la carrera de
Xàtiva.
Hay
dos elementos que hacen inequívoca la estampa de esta prueba.
Grandes tablones de madera taponan cualquier acceso posible a las
calles por las que circularán las motos. Es la única forma de
obligar al pago de una entrada para ver las carreras, cuestión que
la organización nunca ha dejado de lado porque significaría no
poder afrontar los tres millones y medio de pesetas que según Macías
cuesta la carrera. A pesar de la enorme picaresca que
siempre existe, explica Macías, «los ingresos por
taquilla nos permiten evitar unas pérdidas que serían muy acusadas
sin estos ingresos, aunque a mucha gente le sepa muy mal que la
obliguen a pasar por caja para ver una carrera de motos por las
calles de su pueblo».
El
otro elemento que identifica enseguida a la carrera de motos de la
Fira d’Agost son los montones de balas de paja que jalonan el
recorrido. Dados los increíbles riesgos que entraña una prueba que
discurre por las calles de una ciudad, la paja prensada es una
protección sin la cual la carrera podría convertirse en una
tragedia ante unos retos en la conducción tales como curvas
marcadas por la esquina de un edificio, farolas, semáforos y los
bordillos de las aceras, entre otros aperitivos. El equipo humano
para hacer posible que unas horas antes de la carrera no parezca que
allí va a celebrarse algo y para que, asimismo, horas después no
quede ni rastro es extenso. En la celebración de 1999, la
organización hizo público que la carrera contaría con la
presencia de diez operarios de la brigada municipal, veinte
vigilantes jurados —para las taquillas—, tres conductores y sus
tres auxiliares para atender las grúas —necesarias para retirar
los vehículos que no respetan la prohibición de estacionamiento en
las calles del circuito—, diez comisarios de la federación para
las labores de cronometraje y control de la carrera con las
posteriores clasificaciones, un locutor y entre quince y veinte
voluntarios de la Cruz Roja. Se les suman los integrantes del Club
Moto-Ruta, colaboradores en tareas de todo tipo.
Para
dar carácter de continuidad a la carrera, los diferentes
responsables de la ponencia de Deportes del ayuntamiento siempre han
prestado su apoyo de una forma u otra. En los últimos años, el
consistorio aporta una cantidad que ronda las 750.000 pesetas en
concepto de subvención a una cita deportiva a la que los
aficionados no renuncian y que, además, suele concitar la presencia
en Xàtiva de miles de visitantes de las poblaciones de alrededor.
La
competición de Xàtiva se compone desde hace unos cinco años de un
idéntico programa competitivo. Corren en las calles de la ciudad
motos GP y Criterium de las cilindradas de 125 y 50 cc, motos de 180
cc de la Copa Gilera-Runner y las espectaculares promo-bikes, de 500
y 600 cc. No hay lugar a dudas de que entre todas las competiciones,
la estrella es la prueba de 125 cc, programada siempre para el final
de la matiné motorista setabense. Y en esa categoría y como uno de
los nombres propios más destacados de la carrera en las últimas
temporadas es inevitable reseñar la figura de Javier Oltra.
Este piloto quatretondense es el aliciente del Trofeu Velocitat de Xàtiva
de la década de los noventa. Oltra, un modesto piloto al que las
oportunidades de una carrera deportiva más consistente se le han
negado, despliega en Xàtiva un estilo tan temerario como efectivo
que pone el corazón de los aficionados en un puño y que logra,
edición tras edición, los momentos más intensos de la carrera.
Oltra
ha ganado la carrera de Xàtiva en 125 cc en los años 1994, 1995,
1996, 1997 y 1999. En 1993 fue segundo y en 1998 también, en dura
pugna con el ex campeón de Europa Julián Miralles a quien no superó
por una caída en la última vuelta. Junto a Oltra cabe citar
también a los hermanos Martínez, de Alberic. El año pasado
ofrecieron toda una exhibición en un excepcional tour de force que
les hizo participar en varias pruebas. Así, Bernat fue
segundo en 125 cc y Álex, tercero. En la copa Gilera, Álex
Martínez repitió tercera plaza y Bernat fue el
brillante ganador de la prueba.
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