Durante dos meses las calles de la ciudad celebran sus fiestas con tradiciones propias y elementos identificadores

Aquellos tiempos en que las fiestas de calle sorteaban la censura

 

Hay quienes opinan que son unas fiestas que nacen de la más profunda necesidad de la gente de unir sus inquietudes y compartir sus experiencias. Otros dicen que estas fiestas únicamente provocan recelos y envidias entre vecinos por querer ser unos más protagonistas que otros, y unas terceras voces aseguran que lo que diferencia el casco antiguo de Xàtiva de la parte más moderna son precisamente las fiestas de calle, donde en cuatro días, todos, y cada uno de los vecinos, disfrutan de unas fiestas que ellos mismos organizan y que verdaderamente contienen elementos propios y diferenciadores entre unas calles y otras. Acaban de comenzar y tienen su historia.

Cuando la Fira de Xàtiva todavía resuena en los oídos de los ciudadanos, las diferentes calles y barrios de la ciudad comienzan a engalanarse para dar inicio a sus particulares fiestas, aquellas que son organizadas durante todo un año a base de cuotas, rifas y loterías, y que contienen elementos muy comunes entre ellas, pero también tremendamente diferenciadores, que hacen de estas fiestas un foco de tradiciones y cultura que nadie sabe a ciencia cierta a que tiempos se remontan.

Al igual como ocurre en las fallas, existen los inicios de las fiestas en siglos pasados y los tiempos modernos. Si nos atenemos a estos últimos, posiblemente las fiestas de calle comienzan a conocerse y celebrarse de forma anual a finales de los años cuarenta, en plena postguerra. Y es precisamente en esta época cuando las fiestas de calle de Xàtiva son una perfecta excusa para saltarse el orden establecido y las leyes que marcaban las autoridades del momento. Todavía queda fresca en la memoria cuando en los programas que se elaboraban para anunciar los actos a celebrar, podría leerse aquello de: «Domingo a las cuatro de la tarde Gran Folia por todo el barrio (queda prohibido el cambio de sexo)», y es que la «folia» o el «pregó» servían (y sirven) para que los hombres se vistiesen de mujeres y las mujeres de hombres, algo que la censura prohibía pero no podía impedir. También sirvieron las fiestas de calle para que en plena transición pudiesen verse las primeras actuaciones de «vedettes» cuyo único mérito era quedar con la menor ropa posible encima del cuerpo, para regocijo del personal. Y como no, las orquestas en la calle sirvieron de inicios de bailes adolescentes y de rozar el peligro acudiendo a la cordà que se celebraba a las cuatro de la madrugada, para que no hubiese excesivo tumulto de gentes.

Las fiestas de calle fueron, y en algunos casos siguen siendo, el referente de los vecinos para salir de sus casas, para compartir con el vecino alguna cosa más que una simple conversación y para que el trabajo de todo un año quedase reflejado en una sana competencia con las calles vecinas, que en la década de los años setenta alcanzó límites de verdadera pasión, en cuanto a elementos ornamentales, contratación de orquestas, participación en los actos festivos y religiosos, etc.

Incluso las fiestas de calle llegaron a tener un peso político importante en los primeros años de Ayuntamientos democráticos, donde se decidió dar una subvención a aquellas calles de Xàtiva que colocasen las señeras cuatribarradas, y amenazar con retirarlas a las que decidiesen hacerlo con la franja azul. El debate sobre las señas de identidad llegó también a las fiestas de calle.

Con altibajos, apariciones y desapariciones, lo que es bien cierto es que las fiestas de calle son un referente en la vida social y cultural de Xàtiva y no se entendería la ciudad sin estas celebraciones anuales. Además, el tiempo ha marcado toda una serie de elementos que hacen que una gran mayoría de ellas tenga diferencias notables respecto a las otras.

De este modo, la primera que se celebra durante la última semana de agosto, es la de San Cayetano, donde la misa de campaña y la bendición y reparto del pan la convierten en todo un acontecimiento religioso y cultural. El «pá benaït», lleva repartiéndose durante décadas, y nadie entendería las fiestas sin este hecho. La calle Caputxins incorpora a sus fiestas los moros y cristianos, más propios de la Vall d´Albaida que de Xàtiva, pero que sin embargo en esta calle son toda una tradición y uno de sus elementos más tradicionales. La Ardiaca Baixa celebra un acto especifico para presentar a la Reina y su Corte de Honor, y las fiestas de la calle de Sant Josep son famosas por su tradicional «dansà». Y Sant Joaquín, Sant Cristòfol, Blanc, Ardiaca Alta, Vernissa... todas y cada una de ellas con su «pregó», orquestas, procesión, comidas en la calle, adornos, castillo de fuegos artificiales, etc. convierten durante dos meses a Xàtiva en un hervidero festivo.

Hace décadas sirvieron de excusa para saltarse la censura, y en la actualidad siguen siendo la raíz de muchas culturas.

Que no decaiga la fiesta.

 
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