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Un
estado de bienestar es, en mi opinión, un estado donde todas las
carencias deben estar cubiertas en su totalidad, facilitando al
ciudadano aquellos elementos necesarios que le permitan desarrollar
su independencia, su calidad de vida y sentirse a gusto en el medio
donde se vive.
Si «España va
bien», debería referirse la expresión a todos y cada uno de los
elementos que componen ese bienestar, y no solamente a una
imaginaria calidad producto de puntuales elementos y axiomas que no
determinan un conjunto de soluciones.
Me explico. El
movimiento se demuestra andando y mientras sigan existiendo
carencias a las que se haga oídos sordos y se cierren los ojos ante
la evidencia, estaremos ante una continuación de un país patatero,
chapucero e improvisador, donde los parámetros que marcan su
funcionamiento no se corresponden con la realidad que hay que vivir
día a día, momento a momento y ciudad a ciudad.
En un estado que
funciona no existe un INEM incapaz de colocar a más de cien parados
en un año, y que además emplea a miles de funcionarios burócratas
de la pluma y el papel, antaño, y del ordenador vigilante ahora que
únicamente se preocupa de que se cumplan los plazos exactos de las
revistas de los parados, que como siempre, han de recurrir a las
amistades y a las empresas de trabajo temporal para conseguir un
contrato, y de esta forma facilitar el pleno empleo que está muy de
moda ahora, pero que no es, en ningún caso, una realidad
generalizada, ya que se esconden otras realidades como los contratos
de apenas dos horas diarias o las temporadas veraniegas que dejan
paso al crudo otoño del cual pronto tendremos noticias.
En un estado
moderno no se ponen en marcha planes de choque para acabar con las
listas de espera, por el simple hecho de que existe la agilidad
necesaria como para que los hospitales funcionen a pleno rendimiento
durante todo el año, aunque será lógico pensar que detrás de
todo esto está la sanidad privada, que para ellos si que España va
perfectamente.
Y si no es así
que alguien me explique como es posible que un pequeño centro de
especialidades, como es el de Xàtiva, tenga colapsadas las visitas
de algunos especialistas hasta el año 2.001. Vamos, que para que te
revisen la vista, por orden además de un médico de cabecera o
pediatra, tiene que esperar casi cinco meses con un poco de suerte.
La solución está clara y no tiene ninguna duda: el ciudadano
termina acudiendo a la consulta del especialista, pero privado,
pagando seis i siete mil pesetas por una visita que en teoría debería
ser gratís en un sistema sanitario público de calidad, ya que
puntualmente, mes a mes, sí que se cumple con la obligación del
pago a una Tesorería General de la Seguridad Social que hace aguas
por los cuatro costados, pero que obliga a una afiliación se quiera
o no se quiera.
Bajo ese
concepto, con una economía que ha revitalizado el «España va bien»
y con un síndrome de que «todo ira mejor para todos», nos
encontramos con que la realidad es diferente a la teoría, que en
este caso es ficción, ya que las pequeñas cosas de nuestro entorno
son las que hacen posible una calidad de vida y un bienestar general. |