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La
materia prima era la piel del conejo que se recogía por los
domicilios particulares.
Decir
Matoses en Xàtiva es sinónimo de sombreros, y pensar en adquirir
un sombrero es pensar en la pequeña tienda ubicada en la calle de
las Tiendas desde la década de los años sesenta. Pero la historia
de Matoses se remonta a los años veinte, cuando el sombrero era una
pieza imprescindible en el vestir del hombre y su fabricación un
negocio en continuo auge, ya que se exportaba a todos los pueblos de
España. Tres generaciones han regentado ya la famosa tienda de
Sombreros Matoses que sigue manteniendo su solera y su tradición
artesana.
Corrían
los años veinte en Xàtiva, cuando Rafael Matoses Artero abría
una fábrica de sombreros en la calle Corretgería. En aquellos años
la industria del sombrero estaba en pleno auge en Xàtiva y al menos
cinco fábricas existían en la ciudad que se dedicaban a su
fabricación, algunas de ellas muy importantes como la de Enrique
Gandia, Matilde Borras, Hermanos Simó (que se
dedicaban más a la fabricación de gorras) o Climent y Gandia,
fábrica esta última que daba empleo a casi 200 personas y que
estaba ubicada junto a la fuente de los 25 Xorros, donde todavía se
conserva la vieja chimenea de antaño.
Rafael
Matoses Artero
fabricaba los sombreros con la fórmula más tradicional de aquellos
tiempos: utilizando la materia prima que era la piel del conejo que
se recogía por los domicilios particulares por los famosos «pelleros»,
-que posteriormente entregaban a cambio una caja de cerillas-. Con
la piel se creaban los fieltros y posteriormente se cosían y se
planchaban para darles la correspondiente forma.
Rafael
Matoses
pensó entonces que sería beneficioso para el negocio abrir un «despacho
de venta» aparte de la fabricación, y de esta forma adquirió un
pequeño local en la Plaza de Alfonso XII (actualmente del Mercat),
donde puso a la venta los modelos que fabricaba. El local traspasado
era de Vicente Tudela, también comerciante sombrerero que
era tío de Luisa Vidal Rubio, una monja que cofundó en
Barcelona la congregación Hermanas de la Orden de Jesús Paciente.
Allí
el negocio iba viento en popa y Rafael Matoses Artero
exportaba sus sombreros por toda España incluido Canarias y
Baleares. Las mujeres trabajadoras eran las encargadas de coser y
planchar los modelos, que eran una pieza obligada en el vestir del
hombre. En aquellos tiempos no se concebía un hombre sin sombrero,
como no se hubiese concebido sin pantalones.
Junto
al despacho de venta en la Plaza del Mercat existía una ferretería
que hacía esquina con la calle Matilde Ridocci, y cuando esta
decidió cerrar sus puertas, Rafael Matoses adquiere el
local, y lo convierte en fábrica y en tienda de venta también de
sombreros.
Con
el paso de los años Rafael Matoses Artero cumple la edad de
jubilación. De los tres hijos que tenía, uno, Rafael, había
muerto en la frente durante la guerra civil, y los otros dos hijos
trabajaban en la fábrica de sombreros de su padre. Al final es Salvador
Matoses Motilla quien coge las riendas del negocio, tanto en la
fábrica como en el despacho de venta.
LA
DECADENCIA DEL SOMBRERO
La
postguerra marcó una época donde la decadencia del sombrero fue
muy importante. Las modas marcaban otras tendencias, pero aún así
se impuso la costumbre del sombrero eclesiástico que era utilizado
por norma por los curas. Salvador Matoses decide a principios
de los años sesenta adquirir un local en la calle de las Tiendas
(que es el que se mantiene en la actualidad), por producirse un desvío
masivo del comercio hacia esa zona, y con el paso de los años se
cierra la fábrica al no haber suficiente demanda y queda sólo la
tienda, donde se siguen vendiendo sombreros, gorras y boinas, donde
estas últimas tienen también sus años de esplendor y son
utilizadas por un gran número de ciudadanos.
El
sombrero, no obstante, sigue teniendo sus fieles que encuentran en
Matoses el lugar idóneo para adquirir sus modelos. Y además, en la
trastienda de Matoses se celebran tertulias con los clientes que
acuden allí regularmente, como era el caso del médico Salvador
Ubeda o el escultor y pintor Francisco Bolinches.
Salvador
Matoses Motilla se
jubila a principios de la década de los ochenta y es entonces
cuando su hijo Rafael Matoses López coge las riendas del
negocio, que todavía dirige y del que opina que «se
mantienen por tradición y por unos fieles clientes que siguen
acudiendo a nuestra casa cuando necesitan un sombrero de calidad».
Eso
sí, aunque han dejado de fabricarlos, cualquier petición la
atienden y la consiguen como antaño: con sombreros fabricados
manualmente y totalmente artesanos. En la actualidad se siguen
vendiendo gorras y boinas, y en los últimos tiempos a Matoses le
llegan múltiples peticiones de sombreros valencianos de otras épocas
que se utilizan en el mundo de las fallas y del folklore, «y
nosotros nos encargamos de buscarlos y hacerlos llegar al cliente,
que sabe que son de una gran calidad».
El
pequeño comercio de la calle de las Tiendas es toda una tradición
en Xàtiva y sigue guardando elementos tradicionales de la época
como las cabezas de los maniquís o los moldes utilizados para
fabricar los diferentes modelos, así como las medidas de las
cabezas, «que muchas veces teníamos que hacer maravillas
para acoplar a algunos clientes, dada la forma tan extraña que tenían
algunos de ellos en su cabeza». No falta tampoco el escudo
impreso en los sobres de cuando llevaba el negocio Salvador
Matoses Motilla, consistente en un dibujo del Castillo de Xàtiva,
el nombre de Saetabis, y dos conejos a ambos lados, representando la
materia prima del sombrero.
Eran
los años veinte cuando Rafael Matoses Artero abría su fábrica
en la calle Corretgería, pero se sabe que su abuelo y bisabuelo ya
fabricaban sombreros en Valencia y Carlet.
Y
es que inevitablemente el apellido Matoses es sinónimo de Sombrero.
En mayúsculas.
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