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Muchas
cosas han cambiado durante el pasado mes de enero en España, un
tiempo en el que al Gobierno se le ha complicado la vida de forma
extraordinaria y en el que sus relaciones con el primer partido de
la oposición, que acababan de vivir una luna de miel culminada en
el Pacto Antiterrorista, han comenzado a deteriorarse. El Gobierno
había prolongado quizás excesivamente sus vacaciones navideñas y
la mala suerte quiso que los primeros grandes disgustos les
sorprendieran desaparecidos. Es lo que les sucedió con el estallido
de la crisis de las ‘vacas locas’ y con el gravísimo accidente
de Lorca. Aquello les cogió con el pie cambiado y los españoles
tuvieron la sensación de desamparo al no encontrar respuesta a la
famosa pregunta de «¿dónde está el Gobierno?».
Las miradas se
dirigían especialmente a la ministra de Sanidad y a los titulares
de Agricultura y de Medio Ambiente. Sobre este último, la gente se
lo sigue preguntando todavía. La gran crisis política del enero
negro del Gobierno ha podido manifestarse en su entera dimensión
porque ETA, pese a intentarlo, no conseguía causar ninguna víctima
mortal, hasta que ya en los últimos días consiguió asesinar a Ramón
Díaz, el cocinero de la Comandancia de Marina de San Sebastián.
Durante varias semanas la vida nacional no se había paralizado por
el terrorismo y eso se notaba en la intensidad con que se vivían
los grandes sucesos sociales y políticos que iban jalonando este
tiempo de crisis. La maldición de las «vacas locas» nos iba
sobrecogiendo más a medida que se hacían públicos los nuevos
casos de reses afectadas y se comprobaba que el Gobierno carecía de
respuestas razonables y eficaces. Se creó un comité de crisis que
no servía para gran cosa. La gravedad de la situación se puso de
manifiesto con la petición socialista de que dimitieran Celia
Villalobos y Arias Cañete, gesto que produjo estupefacción, debido
al conocido estilo de Rodríguez Zapatero de oposición tranquila y
consensuadora.
El accidente que
costó la vida a doce inmigrantes ecuatorianos, cuando todavía estábamos
en el ciclo festivo navideño, fue una conmoción de largo alcance
que puso descarnadamente sobre la mesa la intolerable situación de
tantos trabajadores extranjeros que esperan su legalización, así
como los abusos de que son víctimas y las contradicciones entre una
Ley de Extranjería que los persigue y unas necesidades de mano de
obra que no se satisfacen. También aquí la política del Gobierno
ha sido extremadamente errática. Más que en el asunto del Tireless,
que ha ido envenenando cada vez más la paciencia de los habitantes
del Campo de Gibraltar, o que en la titubeante administración del
«síndrome de los Balcanes», en el que nos hemos quedado sin saber
si el Gobierno conocía o no el uso del uranio empobrecido en las
acciones bélicas en aquella región. Este inmisericorde bombardeo
de grandes problemas sociales convertía al Gobierno en un saco de
nervios y de desconcierto. Sólo faltaba la batería de enormes
errores políticos que vendrían inmediatamente. La incompresible y
gratuita concesión de la Cruz del mérito a Melitón Manzanas, uno
de los grandes torturadores y perseguidores de demócratas del
franquismo.
Era el aperitivo
de los dos que faltaban por llegar. Uno: la decisión del Gobierno
de recurrir contra la sentencia de la Audiencia nacional que acababa
de anular la congelación salarial de los funcionarios de 1997 y años
siguientes y su rechazo a negociar con los sindicatos el pago de los
atrasos.
Dos: la decisión
de plantear conflicto de competencias contra el Tribunal Supremo,
que había dictaminado que en el indulto a Gómez de Liaño no era
legal incluir su regreso a la carrera judicial.
Nunca se conoció
en la democracia un grado tal de enfrentamiento entre el Gobierno y
el Poder Judicial, lo que es legal pero políticamente muy
peligroso. Las tempestades políticas y mediáticas desatadas por
ambas cuestiones están ahí, dominando el panorama, junto a las
secuencias del resto de los problemas que acabo de analizar.
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