Los buenos sentimientos

 

Con buenos sentimientos -escribía Sartre- no se hace buena literatura». ¡Basta ya de buenos sentimientos!», exclaman algunos, a la hora de hacer política de inmigración. Si la observación primera es cierta, no lo es tanto la segunda porque lo indudable es que con malos sentimientos no cabe política democrática alguna. Si la reflexión sartriana es indiscutible el exabrupto cristiano es sumamente dudoso.

Nada más erróneo que entrar en un juicio de intenciones sobre la motivación de las propuestas de los políticos. Si medir la categoría sentimental de un ciudadano es harto difícil, evaluar la de los líderes es casi imposible. Es lo que está ocurriendo en torno a la dura controversia acerca de la reforma restrictiva de la Ley de Extranjería que acaba de aprobarse. Qué hubiera sido de los cientos de miles de republicanos españoles que huyeron de la recién proclamada dictadura de Franco, si los gobiernos francés, mexicano, inglés y ruso les hubiesen cerrado las fronteras al grito de «¡Basta ya de buenos sentimientos!».

No fueron sólo, por supuesto, los buenos sentimientos los que les abrieron las puertas; razones políticas y económicas determinaron su amplia apertura. Pero nadie con responsabilidad política descalificó a esas necesidades democráticas y del mercado laborar como producto de un sentimentalismo barato pese a que su acogida planteó tantos problemas como se nos plantean aquí y ahora. No son únicamente los buenos sentimientos los que guían a los colectivos humanitarios y políticos que defienden un enfoque más amplio, generoso y flexible. Son también razones políticas y económicas.

España es la frontera de un Sur que navega como un continente a la deriva en vísperas de hondas explosiones sociales que bien pudieran alterar la seguridad de nuestro Estado. España necesita importar mano de obra inmigrante a la vez que los países norteafricanos necesitan exportarla. Diseñar un Muro del Mediterráneo, reforzarlo con alambradas jurídicas, será tan inútil como lo fuera su homónimo de Berlín. La avalancha del Sur es imparable. Los miles de inmigrantes que van a viajar en los trenes de la deportación se duplicarán en su clandestino retorno. Multiplicar el trabajo de las Fuerzas de Seguridad no soluciona el problema político que refleja la inmigración. Con las bayonetas, decía Bonaparte, se puede hacer todo, menos sentarse sobre ellas.

FERNANDO LOPEZ AGUDIN

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