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Max La Diva y Enrique Baldoví: dos conceptos
diferentes, dos pinturas que se hablan, dos estilos que se
identifican. Max La Diva y Enrique Baldoví tienen en común una
misma pasión: plasmar en los lienzos aquello que piensan y sienten.
Con dos estilos complemente diferentes (si es que hay que hablar de
estilos), Enrique Baldoví ama el paisaje, disfruta plasmando
flores, monumentos, calles y plazas, encontrando un mundo colorista
al que no quiere renunciar. Y tampoco huir de la realidad. Max La
Diva sigue investigando en un claro compromiso consigo mismo, y sin
dar explicaciones a nadie. Ni falta que le hace.
Ambos
pintores han estado en el Salón Ribera del Hotel Murta presentando
sus últimos trabajos. Enrique Baldoví, muy detallista y con una
clara vocación de paisajista, ha optado en esta ocasión por seguir
siendo fiel a un estilo que no por ser conocido resulta menos
agradable. Plasmar la realidad tal y como se siente resulta al menos
sincero, y si para ello se utiliza la fina espátula como sustituta
natural del pincel, nos encontramos con unos trabajos cuyos
resultados son pequeños trazos marcados uno a uno hasta convertir
la imagen en un perfecto complemento de colores que se identifican
con aquello que conocemos de la realidad.
Sin grandes
pretensiones, Baldoví justifica su pintura con la necesidad de
expresar sus ansias de plasmar.
Ese es el camino
emprendido.
De Max La Diva
poco se puede decir ya. Si acaso su capacidad para sorprender en
cada exposición. Nada le importa si no es la tranquilidad consigo
mismo y sentirse a gusto con aquello que hace. Inventó la Pollarroite
y también la Maxila, conceptos provocadores de una
existencia marcada por la revolución pendiente, que han obligado a
Max La Diva a encerrarse para plasmar sus sueños, irreales y
conceptuales, como todo aquello que marca la nostalgia del ser
humano. Parar inventar ilusiones.
Por ello Max La
Diva ha creado desde su encierro voluntario figuras, bellas figuras
que buscan la paz y la paciencia. Ha creado paisajes profundos donde
los caminos se cruzan con la historia llena de borracheras de
colores vivos y soñadores, que han encontrado en la creación de
Max la salida perfecta a sus tiempos encerrados e irreales. Max La
Diva pinta, crea y se recrea en sus composiciones, para dar rienda
suelta a su imaginación que pronto se verá también incrementada
con la publicación de un libro de poemas «Verd-Naix»,
producto de reflexiones de antaño, recuerdos nostálgicos, plasmación
de unos licores que marcaron su futuro y su apellido y le acompañaron
en su cultura particular, y en definitiva narración de
ilusiones y vivencias de un Max La Diva que cada vez que
vuelve, sorprende.
Y eso es bueno
por el simple hecho de romper la memez existente entre aquellos que
encasillan el arte en dos conceptos.
Los de
Max La Diva son mucho más amplios y generoros, aspectos treméndamente
positivos teniendo en cuenta los tiempos que corren.
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