Ay, aquel año 1975

 

He perdido mucho, desde entonces; se me han caído muchas cosas, desde entonces. Repaso el vídeo en blanco y negro de los años y me voy tras ellos. Me voy hasta ese noviembre, incluso hasta ese 20-N que hoy duele en unos y alegra en otros. Yo soy de los vencidos, yo estoy en el bando de los perdedores. La democracia vino, sí, y la libertad para gritar, para pedir, para exigir, para abrir campo. Vinieron –volvieron– las palabras a las tribunas, vinieron canciones y banderas. La libertad dictada, de golpe, llegó a las calles, al cine, al teatro, a la literatura... Pero yo me quedaría en aquel 1975...

Aprendíamos a reunirnos, a informarnos, a leer. Por los setenta fue cuando me llegó aquel primer libro de Miguel Hernández, y la primera antología de Machado, y otra de Nicolás Guillén, y los versos de juventud de Neruda, y las obras completas de Federico, y las charlas con los viejos comunistas... Hijos de la guerra, de mi padre aprendí que la paz hay que buscarla. Iba a los sitios y a las gentes con la misma sed que hoy sigo yendo a los libros. Componíamos canciones, versos, ideas, y ya mirábamos a la Guardia Civil como el que mira un reino que cambia la piel. Ya no dolía enseñar el carné de identidad, ni nos preocupaba responder a las preguntas, porque las preguntas que nos hacían las estaba respondiendo el tiempo, los nuevos tiempos. Pero yo he perdido.

Yo escribía versos por las tardes, y paseaba por el campo, y tenía tiempo. ¿La libertad? Era cosa de esperar... sin desmayarse, sin dejar para otros la tarea, pero no era lo más importante, quizá porque no sabíamos qué era la completa libertad, y, ya lo dice la copla, «el ciego de nacimiento sin la esperanza de ver, no pasa tantas fatigas como el que ha visto y no ve». Y no habíamos visto, mirábamos por el ojo de la llave, por las rendijas de las puertas, de las ventanas... Pero también aquello nos daba imaginación. Yo he perdido. Son 25 años de la muerte del general, de la subida del Rey al trono, sí, pero es que también son 25 años de otras cosas, de otras muchas cosas que ocurrían, que han ocurrido en la nación de mí mismo, y al final un hombre es un mapa, un territorio propio, el más cercano, el único importante, además.

Yo he perdido. Miro este país –mi persona– y veo que he perdido muchos reinos, muchas propiedades. Madurez... Quizá, no sé. Más la madurez amarga, porque ya se han probado muchas cosas. Libertad, sí, pero yo no me sentí nunca esclavo más que de mi propio pensamiento. Yo he perdido porque llamo a un montón de cosas que tuve y no responden, no contestan, no me reconocen. Hay un vacío en el eco, un abismo insondable que no devuelve ya los gritos.

Yo he perdido, porque por más cosas buenas que me hayan venido –que me han venido muchas–, perdí un país que se estaba haciendo, que era feliz en su construcción, un país de sueños, un país que imaginaba que todo sería distinto y mejor alguna vez; un país que no sabía que veinticinco años después iba a llorar sobre el cementerio de la memoria por los primeros veinticinco años de su vida. Ese país soy yo mismo –somos aquellos de entonces–, y quisiera volver hasta allí, para disfrutar de mis veinticinco años de fundación, de juventud. Los veinticinco años que ya no volverán nunca. Yo he perdido, porque ya nunca más podré creer en tantas cosas. Ni siquiera en que alguna vez tuve veinticinco años y, desde ellos, volver a soñar.

Antonio García Barbeito

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