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El 23 de Julio de 1911 se producía el asesinato en
el Camino de San Antonio de Xàtiva de Rafael Santateresa Rubio. Los
asesinos fueron sus dos cuñados, Fernando y Arcadio Pont, y las
causas fueron al parecer, el hecho de que Rafael se había separado
de su esposa y sus cuñados no le perdonaron ese hecho, asesinándole
de tres puñaladas. El joven era muy apreciado en Xàtiva y este
crimen provocó una reacción popular desconocida, que terminó en
el incendio de la casa de los asesinos ubicada en la Plaza de Sant
Jaume, teniendo que huir sus padres por los tejados.
Los
ciudadanos intentaron igualmente que desde la cárcel de Xàtiva se
les entregase a los asesinos. Una dotación de 40 guardias civiles
tuvieron que ser desplazados desde Valencia a Xàtiva para intentar
frenar cualquier otro incidente en el entierro de Rafael. Este
asesinato provocó igualmente la aparición de una leyenda. Al
parecer una cruz en el suelo, hecha de pequeñas piedras, se dice
que recordaba al asesinado. Cuando alguien apartaba alguna de estas
piedras de su lugar original, cualquier ciudadano que pasase por allí
volvía a reconstruirla.
Estas son las crónicas
del asesinato de Rafael Santateresa recogidas textualmente de la
prensa de la época.
HERALDO
DE JÁTIVA
Játiva,
27 de julio de 1911
LOS
SUCESOS DEL DOMINGO
«No vamos a
relatar los inesperados acontecimientos del domingo con todo lujo de
detalles. En esa empresa nos ha ganado la prensa valenciana, parte
de la cual ha enviado un redactor especial para que le informara, y
no queda dato grande ni pequeño que no sea por todos conocido. Además,
que no se necesita. Vivimos en un pueblo pequeño donde las
cuestiones más íntimas trascienden pronto a la calle, y con mejor
suerte cuando, como en el presente caso, intervienen factores económicos
que son pasto sabroso para la conversación.
Hemos de poner
freno a nuestra pluma. Pasados los primeros momentos, de exaltación
y fiebre, generadores de odio y de venganza, es honrado y noble no
ensañarse con los homicidas. También motiva nuestra moderación el
tratarse de un hecho que corresponde de lleno a los Tribunales de
Justicia, que sabrán imponer la ley a los culpables, velando por la
seguridad y la vida del ciudadano con el escarmiento necesario para
que el matonismo no prospere.
Rafael
Santateresa Rubio, un
hombre bueno, ha caído para siempre de una certera puñalada
dirigida por uno de los dos hermanos Fernando y Arcadio
Pont; hoy presos. El crimen es repugnante. Cuando dos hombres
disputan, riñen y locos se matan, tiene un atenuante: el de la
obcecación. En este caso, según las declaraciones de los testigos,
no ocurrió así. Es más, los que estaban a cuatro pasos no se
dieron cuenta hasta ver caer el cuerpo desplomado de Rafael
Santateresa, que iba con ellos.
La noticia de la
muerte violenta de este buen muchacho llegó a Játiva en las
primeras horas de la noche, corriendo de una a otra parte de la
ciudad con la celeridad del rayo. Estupor produjo al pronto. Una
explosión de sentimientos siguió al primer movimiento, y la furia
de la venganza se despertó más tarde para arrollar besánica
cuanto se opusiera a su paso.
Especialmente en
el barrio de las Barreras, donde vivió durante muchos años, hasta
hace pocos meses, Rafael Santateresa, la consternación llegó
a los límites que hacen perder la presencia de ánimo al hombre más
sereno. Lloraban las mujeres y proferían gritos de venganza los
hombres.
Así fue formándose
el ambiente cargado de rencores y sucedió lo inevitable, por
imprevisto y por el estado de ánimo de casi toda la población
hostil a los matadores.
A la puerta del
Hospital alguien dio forma a la protesta, y un grupo de más de mil
se encaminó, dando mueras a los asesinos, a la cárcel, que
intentaron asaltar con siniestras intenciones. No pudiendo conseguir
su objeto por encontrar las puertas cerradas y por la actitud
persuasiva del jefe y personal empleado de la misma, se dirigieron a
casa de los padres de Fernando y Arcadio Pont,
apedreando el domicilio de estos, con un afán de destrucción pocas
veces visto. A los pocos momentos pasaban de tres mil los amotinados
que consiguieron romper las puertas de unos balcones laterales y
penetrar en la casa, de donde poco antes, ante la actitud
amenazadora de los congregados en la plaza, habían huido por los
tejados los que estaban dentro, buscando refugio en el vecindario,
atemorizados.
Dueños de la
casa los amotinados, prendieron fuego al cuerpo interior del
edificio, donde había almacenada gran cantidad de paja y empezaron
a desparramar por la plaza de Méndez Núñez los sacos de cereales
y a arrojar a la calle cuantos objetos encontraban, prendiéndoles
fuego en el arroyo. A la hoguera fueron a parar todos los enseres de
la casa. Desde la planta baja al último piso no dejaron los
asaltantes nada, absolutamente nada: hasta los cristales del
interior y las vajillas fueron rotos en mil pedazos.
Mientras tanto,
las campanas habían anunciado fuego, y en la plaza se habían
congregado más de siete mil personas que contemplaban el espectáculo
y aplaudían muchas de ellas cada vez que los asaltantes hacían su
aparición en los balcones de un piso más arriba. Las bombas que
acudieron presurosas no pudieron funcionar porque el público llegó
a apoderarse de las mangas entre silbidos y mueras.
La actitud del
pueblo era imponente, terrible. Los señores Juez de Instrucción,
Capitán de la Guardia Civil, Alcalde, Juez Municipal, Tenientes de
Alcalde e Inspectores de Policía trataron en vano de contener la
avalancha y calmar los ánimos. Hicieron cuanto humanamente es
posible hacer cuando no se tiene fuerza a sus órdenes para reprimir
la indignación popular, cuya fuerza enorme fingen no conocer
algunos. Ya cerca de la una de la madrugada pudo conseguirse que
trabajaran las bombas en la extinción del incendio y una hora después
no quedaban en la plaza más que unos cuantos curiosos que
contemplaban los destrozos causados por la ola popular y la hoguera
que hoy miércoles todavía continua humeando.
Las autoridades
de la ciudad celebraron conferencias telefónicas con el Gobernador,
el cual, percatado de la gravedad de los sucesos anunció que en un
tren de mercancías de las cuatro de la mañana enviaba cuarenta
guardias civiles al mando del Teniente Coronel Sr. Pujalte,
en previsión de que en el entierro del desgraciado Rafael
Santateresa se produjera el motín, dada la efervescencia que
reinaba en la ciudad. Además de esas fuerzas se congregaron aquí
guardia civil de los puestos de Benigánim, Montaverner, Otos, Ollería
y Onteniente, que por la tarde a la hora del entierro tenían
tomadas las bocacalles de la carrera por donde había de seguir la fúnebre
comitiva y estableciendo un fuerte retén en la Cárcel. El comercio
local cerró sus puertas en señal de duelo.
A las seis y
media de la tarde se puso en marcha el sepelio, presidiendo el duelo
dos cuñados del difunto, el M. I. Sr. Abad, don Joaquin Carrió,
D. Lino Casesnoves y don Julio Riu Casanova. Seguían
a la presidencia toda Játiva. Dudamos se nos presente otra ocasión
en que poder emplear con más propiedad esa frase. Fue una
manifestación de duelo de imperecedero recuerdo. Por las calles señaladas
para el paso del cortejo era materialmente imposible dar un paso,
protesta muda, condenación del crimen, y manifestación de un dolor
acentuado y sincero, como en ningún otro caso hemos visto en Játiva,
siguiendo hasta el Cementerio más de dos mil personas.
¡Descanse en paz
nuestro particular amigo Rafael Santateresa, víctima de un
crimen estúpido y execrable como pocos!».
EL
HERALDO DE JÁTIVA
Játiva,
3 de agosto de 1911
«Nos ha visitado
el anciano padre del infortunado Rafael Santateresa Rubio,
rogándonos encarecidamente que en su nombre y el de su familia
demos las gracias al generoso pueblo de Játiva por la parte de
dolor que ha tomado en los difíciles momentos en que mayor era su
tribulación por la desgracia que todos conocen y que ha llenado de
dolor su casa.
Gustosos
cumplimos este ruego, que es la voz reconocida de una familia que
encuentra, en medio de su pena, relativo bálsamo al ver la parte
que sus convecinos toman en su dolor agudísimo».
EL
MERCANTIL
Valencia,
lunes 24 de julio de 1911
GRAVES
DESÓRDENES EN JÁTIVA
«Anoche
ocurrieron en Játiva graves desórdenes a causa de un cobarde
crimen que soliviantó las almas de los pacíficos ciudadanos.
Según nuestros
informes, un honrado vecino de aquella hermosa ciudad, llamado Rafael
Santa Teresa, se encontraba al anochecer paseando con varios
amigos por el camino del Cementerio (sic).
De repente se le
acercaron dos cuñados suyos, llamados Fernando y Arcadio
Pons, y sin mediar palabra el Fernando sacó un cuchillo de
enormes dimensiones y agredió a Rafael, sin que pudiera este
defenderse, dándole tres cuchilladas tremendas, una de las cuales
le partió el corazón, produciéndole instantáneamente la muerte.
Rafael, que vivía
separado de su esposa por graves cuestiones que habían mediado
entre los dos, era persona de antecedentes intachables y que gozaba
de la simpatía y estimación de toda la conciudadanía.
Públicamente se
decía desde hace unas semanas que iba a ser víctima del crimen que
le ha borrado de los vivos.
Por todas estas
circunstancias que concurrían en la víctima y
por ser los hermanos Pons dos bravucones, al saberse en Játiva
que Rafael Santa Teresa, había sido asesinado, la indignación,
se apoderó de los vecinos, y las gentes, guiadas por la ira, se
dirigieron a la cárcel, congregándose frente a ella cinco o seis
mil personas dispuestas a asaltarla para linchar a los hermanos Pons.
Desde allí, a
las diez de la noche y en número de unos diez mil, se dirigieron a
la Plaza de San Jaime, que sobre ser tan espaciosa, era insuficiente
para contener el inmenso gentío, cada vez más irritado. En una
casa de dicha plaza vive el padre de los hermanos Pons.
La multitud ciega de furor, forzó las puertas, invadió la
casa, sacó a la plaza ropas, sillas, camas, mesas, todos los
muebles, toda la ropa, alhajas, dinero, libros, papeles y los
cereales que había almacenados, porque se trata de una familia
acomodada, y lo quemó todo, excepto las caballerías y las
gallinas, que fueron sacadas del corral; pero sin ulteriores
consecuencias.
La familia Pons
logró huir por los tejados.
El Gobernador
conferenció con el Alcalde, con el Juez y con el capitán de la
Guardia Civil y dispuso que hoy se reconcentre en Játiva Guardia
Civil de los puestos de Benigánim, Montaverner, Otos, Ollería y
Onteniente.
Además esta
madrugada al tren de mercancías que sale para Játiva se han añadido
dos vagones, y en ellos se han embarcada cuarenta guardias civiles,
marchando con ellos el Teniente Coronel D. Joaquin Pujalte.
Toda esta fuerza
marcha en previsión de que hoy en el entierro del desgraciado Rafael
Santa Teresa ocurra algo, porque reina profunda indignación»
EL
MERCANTIL
Valencia,
martes 25 de julio de 1911
DESPUÉS
DE LOS SUCESOS
ENTIERRO
DE LA VÍCTIMA
«Durante el día
de ayer continuo la excitación entre el vecindario por el crimen
cometido por los hermanos Pons.
La presencia de
la Guardia Civil que llegó de Valencia y pueblos cercanos a Játiva
contribuyó a aplacar los ánimos. A las seis y media de la tarde se
verificó el entierro del cadáver del joven Rafael Santa Teresa
constituyendo una impotentísima manifestación de duelo como nunca
se vio aquí.
Calcúlase doce
mil personas las que figuraron en el cortejo fúnebre. El comercio
cerró sus puertas durante el entierro.
El cadáver fue
llevado a hombros por dependientes del comercio, y sobre la caja
mortuoria depositáronse una corona de la familia y otra de los
citados dependientes.
Los dependientes
del comercio han abierto una suscripción para costear el entierro,
el nicho y la lápida.
Se calcula que de
los pueblos cercanos han venido unas dos mil personas para asistir
al entierro.
En la población
reina absoluta tranquilidad.
El Gobernador
Civil recibió anoche el siguiente telegrama del Alcalde de Xàtiva:
«Acaba de
verificarse el entierro de Rafael Santa Teresa, con el más
completo orden y sin incidente alguno.
Ha sido una gran manifestación de duelo, concurriendo más
de diez mil personas de todas clases sociales. Según noticias, la
familia de los matadores marchó a esa capital».
EL
PUEBLO
Valencia,
lunes 24 y martes 25 de julio de 1911
«Los hermanos Fernando
y Arcadio Pons Cuenca que mataron a su cuñado Rafael
Santa Teresa, realizaron el crimen en el Camino de San Antonio.
Arcadio que
cuenta 23 años fue quien agredió y dio muerte, mientras Fernando
de 25 años sujetaba al interfecto según de público se dice en Játiva.
El muerto tenía
una herida en el pulmón izquierdo producida con arma de dos filos.
Rafael Santa
Teresa era dependiente de
comercio, tuvo una abacería y ahora estaba de dependiente en unos
ultramarinos, los más importantes de Játiva.
El desgraciado
Rafael tenía 35 años y hacía 10 meses que contrajo matrimonio.
Los asesinos que
pertenecían al Partido Conservador vivían en una casa alquilada».
LAS
PROVINCIAS
Valencia,
lunes 24 de julio de 1911
VECINDARIO
AMOTINADO
LOS
SUCESOS DE AYER EN JÁTIVA
«Ayer tarde
ocurrió en la vecina ciudad de Játiva un sangriento suceso que
originó un gravísimo conflicto. Dos hermanos de pésimos
antecedentes que llevaban una vida consagrada al vicio, mataron a
otro en las últimas horas de la tarde, sin que ocurriera entre
ellos motivo serio alguno para obrar de forma tan villana.
El suceso produjo
en el primer momento general consternación, que degeneró en grandísima
efervescencia al enterarse todo el vecindario de lo ocurrido y de
que la víctima era queridísima en el pueblo donde se le estimaba
como un hombre honrado a carta cabal.
Una muchedumbre
indignada acudió al domicilio del matador, y penetrando en él
precipitadamente, arrojó los muebles y la cosecha de cereales (muy
importante) a la calle, amontonando todo en la vía pública y
prendiéndole fuego, mientras hacían lo propio con la casa, que
comenzó a arder por los cuatro costados.
Algunos números
de la Guardia Civil con las autoridades al frente y el Juez de
Instrucción intentaron imponer orden, cosa dificilísima, puesto
que los amotinados eran en número de cinco mil, que oponían gran
resistencia, y que en actitud decidida parecían dispuestos a ver
reducida a cenizas toda la casa y los enseres».
La versión
oficial.
«Próximamente a
las ocho y media de la noche, se encontraba paseando por las afueras
de la ciudad el vecino de la misma Rafael Santateresa, cuando
se encontró a sus cuñados los hermanos Fernando y Arcadio
Pons. Entre estos y aquel existían hondas diferencias por
cuestiones de familia y sin mediar apenas conversación, la
emprendieron a navajazos con el indefenso cuñado, dejándole
acribillado y exánime.
El vecindario,
indignado, y formando un grupo de cinco mil almas, se amotinó,
dirigiéndose a la cárcel, donde intentaron que les fueran
entregados los detenidos, dirigiéndose seguidamente al domicilio de
estos, donde realizaron los actos ya apuntados en nuestra versión
particular.
Los padres de los
agresores y la familia toda tuvo que librarse de las llamas huyendo
por los tejados de las casas y refugiándose en las casas
colindantes.
Los amotinados no
permitieron que funcionaran las bombas de incendio, llegando hasta
romper una manga de aquellas.
Játiva está de
duelo por el terrible suceso, que tan profunda pena ha causado a
todos, y de desear es que se impongan los sentimientos de la cordura
y que el vecindario se tranquilice, confiando en que los Tribunales
sabrán imponer su justo castigo a los autores de tan horrendo
delito».
LAS
PROVINCIAS
Valencia,
martes 25 de julio de 1911
LOS
SUCESOS DE JÁTIVA
«Como decíamos
en nuestro número de ayer, a las tres de la madrugada comenzó a
renacer la tranquilidad en la ciudad, alterada por el asesinato de Rafael
Santateresa, cuyo suceso produjo tremenda impresión en aquel
vecindario.
Los cuarenta
individuos de la Guardia Civil que al mando del Teniente Coronel Sr.
Pujalte salieron en un tren de mercancías para la vecina
ciudad, llegaron a ella a las nueve de la mañana, encontrando la
población en completa calma.
En la cárcel y
en las calles por donde había de pasar el entierro de la
desgraciada víctima, se tomaron por la Guardia Civil grandes
precauciones, que afortunadamente fueron innecesarias.
Desde las
primeras horas del día comenzaron a llegar a la ciudad, nutridas
representaciones de los pueblos vecinos para asistir al entierro,
afectando a la población un aspecto tristísimo, pues al duelo se
asoció el comercio, cerrando sus puertas para que los dependientes
pudieran acudir al entierro.
Éste se verificó
a las seis y media de la tarde, organizándose la comitiva en el
Hospital Civil, donde se hallaba depositado el cadáver de Rafael
Santa Teresa.
El entierro salió
del Hospital, siguiendo la comitiva por las plazas de Alfonso XII y
de Emilio Castelar a la del Españoleto, lugar próximo a la Iglesia
de la Merced. Seguían
al coche fúnebre más de siete mil hombres y otras tantas mujeres,
viéndose entre el gentío representaciones de todas las clases
sociales siendo casi imposible dar un paso por las mencionadas
plazas por el inmenso público que en ellas se hallaba congregado.
A la puerta de la
mencionada Iglesia fue rezado un responso ante el cadáver,
continuando el entierro hasta un lugar próximo al Cementerio donde
se despidió el duelo. Éste
fue presidido por el Abad de la Colegiata, los concejales
republicanos D. Luis Casesnoves y D. Joaquin Carrió
que ostentaban la representación del Partido Republicano al que
pertenecía el difunto, el concejal D. Julio Rius, hermano
del Gobernador Civil de Murcia y dos cuñados del finado.
Los dependientes
del comercio han iniciado una suscripción para costear el entierro,
la lápida y el nicho del infortunado Rafael Santateresa».
Hasta aquí
las crónicas de este crimen que incluso provocó la composición de
unos versos que todavía se recuerdan y se cantan como romance:
«Allà
en el Camí Sant Antoni
allà
en el segon banquet
eixiren
els dos cunyats
a
matar a Refelet»
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