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Llegaron hace algunos años de Minsk, de las frías
tierras de Bielorusia, pero trajeron consigo unas cálidas obras en
forma de sueños para que la ciudad que les acogió lo hiciese sin
preguntas y sin esperar respuestas. El arte y los sueños no
entienden de fronteras, sólo de imaginaciones libres, fecundas y
solidarias, que provocaron que Ernest y Ángela hiciesen suya la
tierra donde han vivido. Sus obras, sus creativas obras pueden verse
ahora en el Hotel Murta para poder comprender el alcance de los sueños.
Ángela
y Ernest han llevado vidas paralelas en el arte desde que se
conocieron en su tierra natal de Minsk. Ángela comenzó a estudiar
a los cinco años en el Taller de Artes Aplicadas y Artísticas de
la Casa de Cultura de la Fábrica Téxtil de Minsk, mientras que
Ernest lo hizo a los nueve en el Taller de Escultura y Dibujo del
Palacio de Pioneros de Minsk. De ahí, hasta terminar los dos el
pasado año realizando un curso de grabado calcográfico en la
Facultad de Bellas Artes de Valencia, su vida ha sido un continuo
batallar por el mundo del arte.
Llegaron a Xàtiva
gracias a que Ángela ganó la IV Bienal de Grabado Josep de Ribera
en 1997, mientras que Ernest recibía una Mención de Honor. En años
posteriores volverían a repetir éxitos en esta disciplina artística
y en las misma convocatoria. Ernest quedaba finalista en 1999 y Ángela
era seleccionada. Pero reproducir aquí su currículum sería
interminable y lo que verdaderamente importa es que Ángela y Ernest
encontraron en Xàtiva unos amigos que les han seguido con admiración
y cariño, una segunda tierra que los hizo suyos, y aquí han podido
mostrar, juntos y por separado, todo un laberinto de sueños
imposibles de reproducir en este papel.
La fecundidad de
las obras de estos dos artistas no tiene límites establecidos.
Lejos de la frialdad del grabado (si se puede llamar fría a una
obra capaz de hipnotizar al espectador durante unos minutos), tanto
Ángela como Ernest han creado escuchando sus propias emociones, y
sus propios impulsos para comprender la historia, las tradiciones,
la cultura y el sentir de unas gentes que hasta hace unos años
desconocían.
Ángela y Ernest
han sabido plasmar la ciudad en la que viven bajo unos conceptos de
matices ricos en colores, en combinaciones donde el dibujo manda
sobre el pigmento o en ocasiones es completamente al revés.
Depende del
momento, la circunstancia y la emoción de unos suspiros que
penetran en cada rincón del lienzo para hacerlo más grande, más
importante, más real y más onírico, más interrogante y más fácil
de entender. Todos estos condicionantes lo hacen posible.
En las obras de
Ángela y Ernest -tan diferentes y tan iguales en emociones-, se
encuentran vestigios de tristeza y esbozos de almas solitarias, que
siguen buscando la libre esperanza de encontrar ese camino de
libertad hacia donde conduce la melancolía.
Por ello en sus
obras se entremezclan los personajes que buscan su propio destino,
con los laberintos de pasiones de un mundo difícil de entender
fuera de un arte muy particular.
Cuando los
estilos huyen de encasillarse para poder completar el sueño
plasmado en un lienzo, el resultado es siempre estar delante de una
obra que respira vida por cada uno de los colores mezclados a golpe
de sentimientos.
Ángela y Ernest
que llegaron del frío con una almohada llena de sueños en forma de
cuadros, nos presentan un mundo personificado a su manera y lleno de
futuras esperanzas.
Entender su obra
es entender el calor de la pintura por encima de otras
consideraciones academicistas, es entender el mundo en todas sus
facetas, y es comprender como la pintura puede ser capaz de
transportar hasta los límites que la imaginación permita llegar.
Y es que
realmente los sueños no pueden ser impuestos. Los sueños nacen
libres como la imaginación que no tiene fronteras ni límites
estructurados.
Como las obras de
Àngela y Ernest.
Todo un gozo.
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