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Cada
día aparecen en los medios de comunicación noticias sobre que tal
o cual fabricante de automóviles ha llamado a un montón de
clientes suyos para revisar, reparar o sustituir algún componente.
No se salvan de esta «plaga de defectos de fabricación» ni los
alemanes ni los franceses, ni los americanos ni los japoneses. Debe
ser que todos tienen los mismos o parecidos proveedores y las mismas
o parecidas prisas en la fabricación. ¡Los coches ya no son como
antes! Que diría algún nostálgico: «Ahora los fabrican como
churros».
El que fuera uno
de mis primeros maestros, allá por la segunda mitad de la década
de los ‘70 en un pequeño taller de chapa y pintura, tuvo un Seat
1.500 ranchera que pintó de color Verde Musgo (tono muy común en
los Seat 133 y 127 de aquellos años). Volviendo una noche lluviosa
de Badajoz se le cruzó en una curva del Puerto de Miravete y lo
despeñó por un barranco. Milagrosamente, él sólo se rompió una
pierna, pero el coche quedó poco menos que destrozado. Recuperar el
vehículo fue una tarea tan complicada como la de los rusos con su
submarino hundido en aguas del Ártico. El Seat 1.500, después de
dar varias vueltas de campana, había quedado panza arriba sobre dos
árboles en mitad del barranco, de forma que no se llegaba con la grúa
y moverlo era muy peligroso; amenazaba con seguir rodando barranco
abajo en cuanto se el tocara. Finalmente, dos meses después, se
consiguió izarlo tirando con un camión. En su ascenso el coche se
fue llevando todo lo que se cruzaba por delante: árboles, matas,
piedras. Dejó un camino perfecto por el que aún hoy algunas
familias bajan al río con su cesta de merienda los domingos.
Cuando el perito
de Apolo llegó al taller de mi maestro ni tan siquiera abrió su
carpeta. Se paró como a dos metros del coche y preguntó:
- ¿Qué es eso que asoma por el techo?
- Es un nido de urraca -Le respondieron
- ¿Y lo que hay dentro del faro?
- Creemos que es una mata de romero
- Siniestro Total -sentenció
- Pero si está nuevo -Protestó el maestro- Sólo tiene 50.000
kilómetros. Llegaron a un acuerdo y el coche se reparó. Lo
pintó de azul marino. Quedó elegante y precioso; con sus
paragolpes niquelados, sus enormes pilotos traseros y sus fundas de
asiento nuevas. El único defecto de la reparación afectaba al
aparato de radio, al que no se le podía regular el volumen. Cuando
llegaba por las mañanas a trabajar y paraba el coche junto al
taller, con la cinta de Manolo Escobar sonando a todo volumen, los
del pueblo de al lado se ponían a bailar pensando que habían
llegado las fiestas patronales.
Con el tiempo le vendió el coche a un
escayolista, que lo utilizaba para su trabajo entre semana y para ir
de caza los domingos. Éste lo tuvo un par de años más y luego se
lo vendió al alcalde del pueblo, que tenía gallinas y utilizaba el
coche para llevarles el pienso. Tres años más tarde, el alcalde le
vendió el coche de nuevo al que fue mi maestro, para Manolo, el
hijo de éste que se acababa de sacarse el carnet de conducir y quería
un vehículo viejo para practicar. Un sábado por la tarde,
volviendo del pantano de Cazalegas, Manolo lo estrelló contra un árbol
cerca de Aldea del Fresno. Cuando llegó el perito de Maphre al
taller ni tan siquiera abrió su carpeta: «Siniestro Total»
-sentenció-. «Pero si está como nuevo» -protestó el maestro-
«¡Aún no tiene un millón de kilómetros!». Por supuesto, el
coche se reparó. Se pintó de blanco y quedó precioso. Manolo lo
estuvo utilizando para ir y venir del cuartel de artillería de
Segovia, donde prestaba el servicio militar. La última vez que lo
vi, me contó que su padre había llevado el viejo y entrañable
Seat 1.500 al desguace El Choque y que era una pena, porque estaba
como nuevo. Y es que los coches de antes eran para toda la vida.
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