|
Ahora
que viene el verano los museos suelen tener más visitantes, ya sean
autóctonos o turistas. A la gente le apetece salir con el calor y
disfrutar del patrimonio cultural de su país.
Aún me acuerdo
cuando hace más o menos un año visité el Prado con unos
amigos. Aburridos después de contemplar obras a una velocidad media
de 200 km./h, nos inventamos un juego. Se trataba de que en cada
sala del museo uno de los ocho amigos haría ver que era un
profesor. Ganaba quién lograba que más gente se parara a
escucharlo. Tuve la gran suerte de que me tocara comentar una
escultura de Chillida. Yo, como el 99% de la gente del recinto, no
tenía ni idea de que significaba la piedra que estaba contemplando.
De eso se trataba. Me pasé más de diez minutos diciendo tonterías
sobre la obra: que si el agujero central representaba la luz en el
mito de la caverna de Platón, que si la asimetría de la obra
representaba la imperfección de la humanidad, etc. Al salir del
museo, ninguno de los ocho aprendimos el significado de aquella
escultura. Pero aprendimos lo ridículo de la situación: El
gobierno español se había gastado una millonada en esa obra para
que la gente se parara a escuchar memeces. Lo bueno es que se paraba
mucha gente que se creía todo lo que decíamos y se iba del museo
creyendo que ahora eran más ricos culturalmente.
Y es que el arte
también ha sufrido el inevitable proceso de putrefacción del
imperialismo, ahora llamado globalización. Vamos al museo, pagamos
mil pesetas, vemos obras que no entendemos de nada y nos vamos a
casa contentos por haber pasado un día útil para nuestro
intelecto. Si Van Gogh, que había sido pastor protestante en África,
se levantara y viera como sus obras se cotizan a millones y millones
de dólares mientras en el tercer mundo cada día muere gente de
hambre se cortaría la otra oreja. Seguramente Duchamp tendría un
ataque de risa cuando viera que sus obras estaban expuestas en los
museos más prestigiosos del mundo, valoradas en auténticas
fortunas. Él que se había burlado tanto de esta hipocresía...
Por esto os propongo un viaje para este verano.
Id al África profunda, o a la India, al Pakistán o a algún país
pobre, ahora llamado en vías de desarrollo. Y cuando os pidan una
limosna, decidles que ya no os queda dinero porque habéis tenido
que pagar los impuestos de vuestro país primermundista. Esos
impuestos que sirven para comprar obras de arte millonarias que
aumenten el prestigio del Estado y que nadie entiende (ni las obras
ni el Estado).
|