Americanos: 
lamentablemente los amos del mundo

 

Desde aquel 11 de septiembre el concepto de mundo ha cambiado. Nadie es nadie sin el manto protector americano; país que hace y deshace según su antojo y que provoca una bajada generalizada de pantalones a los gobiernos de diferentes signos, pero de conciencias similares que ante el dueño y señor prostituyen sus ideales más elementales.

Desde aquel 11 de septiembre ya no mueren niños en México ni la gente perece de hambre en Guatelamala. Las organizaciones no gubernamentales ya no hacen falta para paliar el hambre de medio mundo. Ha desaparecido. Los medios de comunicación están ocupados, en lanzar al vientos los mensajes de una nación que mira su único ombligo para matar inocentes; los mismos que murieron aquel día en Nueva York: exactamente los mismos.

Los muertos afganos tienen el mismo valor que el americano que con banderita al viento, traje de domingo y mascara antigás pasea con su móvil por la quinta avenida, pero eso se olvida muy rápidamente y sólo existe la sensación de que los americanos han sufrido el mayor ataque terrorista de la historia. Justamente el mismo que ahora sufre el pueblo afgano y tantos otros han sufrido a lo largo de una historia que ahora no quiere ser recordada por el país americano; líder en profanar los derechos humanos y líder en penas de muerte. Sus bombas matan y hieren civiles y sus pilotos sienten el placer de matar como sienten una gran jugada en el beisbol, pero sus sentimientos son americanos y los otros son afganos, japoneses o musulmanes. Es decir, los otros son sentimientos sin derechos.

Y cuando las torres gemelas ya no daban para más, apareció el ántrax, para mayor vergüenza de una humanidad que ya no puede creer que detrás de esta arma biológica pueda estar Ben Laden, que posiblemente hasta tuvo la culpa de la muerte de Manolete o del suicidio de Marylin Monroe. Y como ellos son muy suyos, aparece el síndrome y la psicosis del miedo. Hay ántrax hasta en la sopa, cuando hace unas semanas ni existía, pero desde el desierto ha sido mandado por el Laden vía carta de correos certificada. Ya no existe el Sida, ni la fiebre amarilla. Sólo mata el ántrax. Maravilloso invento americano para más señas, con la complicidad de sus socios ingleses, que desde 1942 vienen realizando pruebas con esta bacteria. La nueva arma química acaba de salir al mercado y  ya actúa por todo el mundo. Mayor efectividad, imposible.

Y cada día más de lo mismo, bombardeando  noticias preñadas de mentiras, manipuladas y dirigidas por un presidente al que nunca le tembló la mano al mandar  ejecutar centenares de personas en la silla eléctrica, como ahora tampoco le tiembla para ordenar lanzar misiles contra bases militares afganas y contra cualquier civil que se mueva, incluso almacenes de la Cruz Roja o la sede de Naciones Unidas, bajo el triste, repugnante y nada creíble argumento del error.

Los niños acaban de descubrir en las escuelas que el terrorismo existe.Les mandan hacer redacciones sobre terrorismo. Les ordenan escriban opiniones sobre lo que sintieron aquel 11 de septiembre. Antes no había nada.. Los americanos acaban de saber, también,  que existe terrorismo. El destrozo de sus torres y la matanza de sus ciudadanos les ha abierto los ojos.  Y para más cachondeo, la Europa unida acuerda congelar las cuentas corrientes de los terroristas, como sin las cuentas corrientes estuviesen abiertas a nombre de Ben Laden o de Pakito el etarra. El imbecilismo americano se ha contagiado de mala  y lamentable manera, para que todos y cada uno de los habitantes de este planeta llevemos a cabo una solidaridad vergonzosa para sola una parte en litigio. Y personalmente ahí si que no me incluyo.

 No entiendo, ni podré entender jamás como se puede bombardear un pueblo mientras los verdaderos terroristas siguen estando tranquilamente en sus escondites. Cómo pueden morir centenares de inocentes a los que después de arrojarles un misil  les mandan un saco de harina.

 Mientras los americanos se crean los amos del mundo, dirijan los mandos del mundo, hagan y deshagan según su antojo, incluso allí donde nadie les ha llamado y los demás seamos sus pobres colaboradores que les riamos las gracias y las desgracias, la sensación de que algo ha cambiado seguirá estando en nuestras vidas.

Pero la historia dejará escritos episodios de vergüenza y de asesinatos fríos contra inocentes que únicamente cometieron el pecado de nacer en un país que nunca pudo vivir en paz.

Y eso no se olvida tan fácilmente.

Jorge López Reig

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