Frente a la cruda realidad

 

El día que Susana consiguió su primer empleo como trabajadora social fue uno de los mas felices de su vida. Lo suyo era vocación, y el hecho de poner en practica sus ilusiones profesionales la colmaron de alegria. Lo mismo le ocurrió a Andres, que antes incluso de acabar sus estudios se enroló como voluntario en una ONG. Lo malo para ambos vino con el paso del tiempo, cuando ya eran dos profesionales con experiencia y se encontraron con que entre la teoría y la práctica habia una enorme diferencia en muchas ocasiones. Todo ese lenguaje administrativo, los libros de texto, las tácticas sociales de integración y reinserción...

Susana era de naturaleza solidaria desde adolescente. Lo de Andrés fue por el impacto que supuso en el Los Olvidados de Buñuel, cuando la vio por primera vez en la filmoteca tras Nazarin, durante un ciclo dedicado al genial cineasta aragonés.

Discapacitados, sin techo, mujeres maltratadas, inmigrantes de los cinco continentes, ancianos, drogadictos, personas marginadas, expresidiarios, prostitutas... Una cosa los libros, los informes, las leyes. Otra muy distinta la realidad del usuario, esa realidad troncada, esa espiral de la marginación abocada a la miseria, al abandono y al olvido en demasiadas ocasiones.

La formación para ambos trabajadores sociales, había supuesto un sólido referente, una base sobre la cual sustentar su labor. Pero no hablaba de presupuestos insuficientes, ante la necesidad real y perentoria, ni de los largos plazos y trámites, ni de la falta de medios e infraestructuras con las que iban a contar, ni de la cara amarga de la profesión: esa sensación de impotencia y rabia por no poder aliviar, al menos, la terrible realidad de muchos de los ciudadanos con los que trabajaban. Y no es que Andrés y Susana fuesen precisamente unos ingenuos.

Sabían en lo que se metían. Pero lo que no sabían eran las trabas y cortapisas que una decisión politica o un reajuste presupuestario les iban a, por ejemplo, hacer inútil, o poco menos, su labor de meses o de años. Amén de la incomprensión de los usuarios en bastantes ocasiones, porque personalizaban en ellos ­al fin y al cabo ellos son el rostro humano de los servicios sociales­ la razón de la falta de eficacia para resolver sus desgracias y penalidades.

Aunque, tal vez, lo peor era y es esa sensación de que el dinero y los medios empleados por las distintas administraciones, al ser insuficientes, acababan en la nada o en el muy poco, convirtiendo en poco o nada inútil, hasta el propio esfuerzo humano y profesional.

Sí. Es casi peor ese sentimiento de impotencia que, incluso, el rostro de esa prostituta inmigrante maltratada por su proxeneta, con dos hijos pequeños y sin tener donde caerse muerta; o la mirada de la anciana abandonada en su pequeño apartamento mugriento, del que no puede salir, porque las piernas hace ya cuatro años que no le responden; o ese gesto de abatimiento del sin techo; o los ojillos de duende de ese crío con síndrome de Williams, hijo de una familia tan humilde, que con que coman los cinco que son en casa, ya es toda una victoria cotidiana para ellos.

Los trabajadores sociales (funcionarios, voluntarios o empleados de la empresa privada) se encuentran en muchas ocasiones entre la burocracia y el poblado marginal, entre la avalancha de la inmigración y sus multiples perfiles, y la política local del concejal, el consejero o el director de turno. Siempre pendientes de los presupuestos. Se acabó el presupuesto y se acabó el empleo, el proyecto de atención a los adolescentes, el programa de apoyo a familiares de enfermos o el programa de integración social para prostitutas inmigrantes, se van todos al garete.

Pero los problemas no esperan. Hay tantas heridas que restañar, tantos agujeros en el tejido social y tan urgentes. Lo que no hagamos hoy por solucionar las situaciones de marginación y los dramas de tantos ciudadanos, como indican todos los barómetros, se nos multiplicarán mañana. Tenga en cuenta que, como dice el sabio e irrefutable refrán, enfermo que no mejora, empeora.

Enrique Carriedo Aranda

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