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Empezamos
un nuevo año. El 2002 tiene la singular característica de ser un
capicúa. Una palabra evidentemente catalana que el español
incorporó añadiéndole un acento. Un número que es el mismo tanto
si se lee empezando por el principio como por el final. Una palabra
bien encontrada.
Aunque años
capicúas no hay muchos. Mi generación habrá vivido,
excepcionalmente, dos: el 1991 y este 2002. Teniendo en cuenta que
el próximo año capicúa no será hasta el 2112, vivir un año
capicúa es una rareza.
Y no menos extraño
es un día capicúa, aunque no lo tengamos demasiado lejos: será el
20 de febrero. O sea, el día 20/02/2002. Y si mi amigo y enigmista Màrius
Serra no me desmiente, no quedarán muchos más días capicúas
en la historia de la humanidad.
Pero dejando a un
lado las curiosidades numéricas, lo que importa es cómo
aprovechamos este año que ahora empieza. Un extraordinario ejemplo
de la confianza en el tiempo nos lo proporciona un norteamericano,
el señor Quentin. Siendo jovencito quería estudiar, pero la
segunda guerra mundial interrumpió su formación.
Después vino la
guerra de Corea, y se encontró con la imposibilidad de proseguir
los estudios. A partir de este momento tuvo que ponerse a trabajar
ganándose la vida como pudo. Ahora, Quentin ha logrado
acabar sus estudios de pedagogía y su esperanza es convertirse en
ayudante o en profesor sustituto en la Universidad de Miami.
Quentin tiene 82
años.
A esto se le
llama tener paciencia, tenacidad, ganas de estudiar.
Hay gente que lo tiene mucho más fácil y se rinde ante unas
dificultades perfectamente superables. ¿Quizá el acceso
generalizado a la enseñanza hace disminuir los estímulos?
El 2002 debería ser, para todos, un año de aprendizaje.
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