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Alguien deberá
explicarme como es posible que una ciudad como Xàtiva se colapse
casi que todos los días del año. Como es posible que circular por
la ciudad se haya convertido en un suplicio capaz de amargar la
tarde el más valiente del grupo, y que soluciones deberán
adoptarse en un futuro para que este caos unánime y repetitivo
tenga una solución satisfactoria que haga más habitable una ciudad
que también se esta convirtiendo en referente de como la locura
colectiva se apodera de sus calles y de sus plazas.
Circular en Xàtiva
es como meterse en la boca de un lobo hambriento. Los coches están
estacionados de cualquier manera, sin orden ni concierto y no
ocurren más accidentes porque debe pulular por aquí algún Angel
de la Guarda bonachón que vigila las 24 horas del día. No ha
habido más accidentes en el paso de peatones del BBVA por ese ángel
que nos controla. Los vehículos mal estacionados impiden la visión
a los que circulan, y algún peatón que asoma las narices ha estado
a punto de sufrir en sus carnes este caos que nos invade.
Las calles más céntricas
de la ciudad son una pesadilla: tapones, triples filas, bocinazos, y
no hay nadie que ponga un poco de orden para que la paz se instale
en nuestro territorio. Ha habido momentos estas pasadas navidades
donde el tapón comenzaba en la Plaza de la Bassa y terminaba en la
confluencia de las calles Baixada de l´Estació y Jaume I. O sea
que la sombra del tapón se deslizaba por República Argentina, Académico
Maravall, Plaza del País Valencia, Gregorio Molina, Baixada de l´Estació
y Jaume I. Todo el pulmón de Xàtiva. Eso por no hablar de las
colas que se formaban hasta el centro comercial Amica para entrar en
Xàtiva.
Llegará un
momento, y si no al tiempo, en que será necesario establecer unos
controles de circulación. Un día saldrán los vehículos cuyas
matriculas terminen en par y otros en impar. De lo contrario, la ley
de la selva seguirá imperando en una ciudad que merece algo más si
pretende ser Patrimonio de la Humanidad.
Ya que dejar el coche en casa y disfrutar de la ciudad no parece ser que
esté entre las intenciones de quienes cada día cogemos el coche
hasta para ir a mear.
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