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Es de suponer y de hecho debe ser así, que los señores
componentes de las altas instituciones de la justicia de nuestro país,
salvo alguna rarísima excepción que confirma la regla, son
personas dotadas de una honestidad y honradez intachables, sensatas
en sus juicios y ecuánimes en sus veredictos.
Dios me libre de criticar a sus señorías, de quienes la
sociedad recibe toda clase de magistrales enseñanzas, amén de
salvaguardar los derechos de la ciudadanía. Sin embargo, hay que
reconocer que los representantes de la Judicatura, vigías
permanentes de que las Leyes se cumplan para castigo de los
culpables y disuasión de los potenciales delincuentes, se hallan
sujetos a una legislación en cierto modo endeble, que dudo que
parte de sus dictámenes sean consecuentes con la pura lógica del
sentido común.
Recientemente el Tribunal Supremo rebajó 5 años la pena a
un violador, porque estaba ebrio. De acuerdo en que el alcohol y
determinadas drogas son venenos que alteran el comportamiento
consciente del individuo, deforman y confunden sus facultades
mentales, adentrándolo en un yo secundario por separación de su
personalidad. Pero ¡córcholis! El subconsciente de los que
infringen la ley, que no es otra cosa que una distracción de su
estado consciente, siempre toma el mismo camino; contravenir y
vulnerar el orden establecido. Ese estado de distracción no les
lleva nunca a picar piedra en la carretear, hacerse miembros
cooperantes de una ONG o a cargar sobre sus espaldas un saco de
patatas.
Y esta situación nos lleva a que los probables malhechores,
viendo que si delinquen en estado de embriaguez la ley les va a ser
más benévola, descubren que tienen el camino más expedito para
cometer sus fechorías; bien tontos serían si encima de transgredir
las normas de convivencia, no se fueran más «contentos» que menos
a continuar con sus tropelías.
Decía un miembro de cierta institución de la justicia, que
«el delincuente tiene que tener miedo a la ley». Cosa más que
dudosa que hoy en día exista. Y así nos va. Una sociedad tan
permisiva como la actual debería preguntarse si el sistema democrático
puede ser compatible con el orden y la disciplina. Para ello hace
falta que los legisladores actúen con visión de futuro, de una
forma más rigurosa al promulgar sus preceptos, de manera que los
individuos se formen íntegramente para una convivencia que
contribuya a una equidad en sus comportamientos.
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