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Vas tranquilo por
la calle pensando en tus cosas y, de pronto, por sorpresa, te ves
metido en el túnel del tiempo. Es lo que le ha ocurrido a quien
escribe esta columna, cuando unos chicos y unas chicas han puesto en
sus manos una publicación de aire modesto, pero de alto nivel
combativo, titulada «De verdad, órgano del partido, el grupúsculo
o la colla de rojos llamada Unificación Comunista de España».
¿Cuántos años
hacía que no había vivido una experiencia igual? Infinidad. Quien
escribe estas líneas se veía transportado a los años 70 y en su
imaginación se formaba una danza macabra, de trazos dalinianos, con
abundancia de emblemas y camisas azules, mientras creía oír unas
voces tremebundas, que recordaban la del señor Fraga, en su
famoso «la calle es mía».
Los viejos hábitos
revolucionarios nunca mueren. El señor Llamazares descubre
un busto del Che Guevara en el cinturón de Madrid y vuelven
a la calle las publicaciones que llaman al levantamiento de los
parias de la Tierra, como la de la UCE.
Es cierto que
algunos antiguos partidarios del internacionalismo proletario, como
el señor Piqué, están ahora en el PP. Pero las formas no se
pierden y así se explica su frase reciente de «no queremos una
Europa de los mercaderes», que tantas veces se pronunció con
el puño en alto.
Hemos leído la publicación con interés y
hemos llegado a la conclusión de que el mérito de que la juventud
vuelva a ser combativa hay que atribuírselo al señor George
Bush, en el plano internacional, y al señor José María
Aznar, en el ámbito español, al que hay que reconocérsele
también la virtud de haber sabido motivar a los estudiantes para
salir multitudinariamente en manifestación.
Gracias a los dos hemos vivido una experiencia interesantísima.
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