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El pintor setabense
Juan Francés volvió un año más a la cita y el compromiso
adquirido con la Sala Gabernia de Valencia para presentar sus últimas
creaciones donde el vigor pictórico de Francés se ha vuelto todavía
más intenso y agresivo, como prueba evidente y clara de que la
madurez del pintor ha llegado casi a la cumbre, ya que el vigor del
artista parece no tener limites. Juan Francés volvió a encandilar
a un público fiel y entregado a una obra que concreta de forma
rotunda su visión del paisaje y las formas.
Francés
ha sabido dignificar -y no es la primera vez que lo decimos- un
paisaje que huye radicalmente de lo mayori-tariamente establecido.
Cuando Juan Francés expuso en Nueva York su pintura causó sorpresa
en igual medida por las formas que por la vigorosidad de las
pinceladas. Sus trazos se adivinan calientes, siempre dispuestos a
ofrecer al espectador una visión diferente de un paisaje tranquilo
y silencioso, lo que hace conjugar perfectamente fuerza con armonía;
rabia con emoción.
Ahí radica en
gran parte el poder de convicción de Juan Francés, que además
hace participar al espectador con un expresionismo radical y en
ocasiones indefinido. Si para provocar el silencio y la emoción es
necesaria la conjugación del cielo tormentoso, las amapolas de un
rojo excitante y un campo amarillo, así quedará terminada la obra.
Así quedará expuesta la fuerza cromática de este pintor lleno de
energía que lucha día a día por seguir creando un estilo lleno de
sensaciones.
Juan Francés ha
vuelto a poetizar con sus obras en una naturaleza que convive con
unos colores nacidos del pintor, y que, irreales o no, llenan de
melancolía y buen gusto el lienzo donde son plasmados. Esta precisa
naturalidad abstráctica hace posible el vidrio transparente de los
vasos, el bodegón muerto encerrado en sus colores tremendamente
vivos; los almendros coloristas que acompañan las casas rojas; los
algarrobos que se doblan por su propio peso en las tierras rojizas
salidas de la vigorosidad de las pinceladas y la fuerza de su espátula,
o las tierras desérticas en las que nadie repararía en la
realidad, pero que de la paleta del pintor han sufrido la
metamorfosis de la belleza.
Los colores de
Juan Francés brillan cada día con más fuerza, como si el pintor
apurase hasta el último momento las mezclas vigorosas de un arte
que lucha por hacerse presente. Y además Francés se atreve con
toda una serie de combinaciones mágicas pintadas en su modo justo,
para no desmerecer ningún elemento de los que conforman sus obras.
Se trata de un
Juan Francés mucho más íntimo e inconformista; temperamental y cálido;
vigoroso y valiente. Sus colores hablan por si solos de lo
importante que resulta plantearse la sencillez para poder crear con
tanta fuerza cromática y poder transmitir las emociones que
provocan sus obras.
La fuerte
personalidad del pintor, que siempre huye de falsas tendencias,
hacen de su obra actual una arriesgada apuesta por lo personal, por
seguir creyendo en lo que hace de forma rotunda y plantearse el arte
como una forma de vida llena de temáticas inagotables.
Es el Juan Francés
maduro y valiente que sigue impresionando en cada una de sus
exposiciones.
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