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El
XIV Congreso de Aznar (es decir del Partido Popular) ha sido mucho
Congreso. Es lógico que un partido en el pináculo del poder (nunca
antes tuvo más) se deje llevar por la autoestima, incluso la
autocomplacencia. Aznar concluyó con un «espero que todos vosotros
estéis tan contentos como estoy yo» que resume perfectamente el
clima imperante entre los presentes. Están contentísimos, y tienen
motivos para ello. De un año a esta parte les ha mejorado el
ambiente, no digamos respecto a cuatro años antes.
Los críticos sólo
han apuntado que en el Congreso del PP no ha pasado nada, no ha
cambiado nada. Y no les falta razón, pero si miran atrás, al año
1989, por ejemplo, y recuerdan dónde andaba el PP de entonces,
cuando en su Congreso de Sevilla Fraga traspasó el poder a Aznar, y
por dónde camina el PP de hoy, se notan no pocos cambios. Más aun,
la comparación del PSOE de entonces y el de ahora evidencia una
realidad muy distinta, sobre todo cuando se comparan ambas brechas.
González ganó
el poder porque ocupó el centro y ofreció ilusión y esperanza.
Los socialistas han perdido todo eso confundidos (el castigo de los
dioses) en los pasillos del poder y ensimismados en sus ambiciones y
capillas. Hoy los populares celebran su Congreso sin sombra de
división o bandería. Las estrellas invitadas de la clausura eran
Adolfo Suárez hijo (cuya voz suena como la del padre) y, al fondo,
los líderes sindicales y el presidente del Real Madrid.
Los del PP
plantearon un Congreso a la americana, con colosal escenario y mucha
marcha; un consejo celebración para ellos y con abrumadora
cobertura televisiva; incluso las circunstancias les han ayudado, ya
que no hubo noticia destacada en el fin de semana y los telediarios,
todos los telediarios, dedicaron al asunto más de un cuarto de
hora. Y los periódicos, todos los periódicos, primeras páginas y
editoriales preferentes. Así que la mejor cobertura y el capítulo
de las críticas sólo en los espacios de humor.
El Congreso no
aporta novedades, ni doctrinales ni organizativas. Cabría intuir un
reforzamiento de Arenas en Génova, más gente cercana colocada en
el aparato. Pero no es suficiente como para producir ventaja
relativa en la carrera de sucesión que ya está abierta. En cuanto
a novedades ideológicas, sólo cabe apreciar la ocupación decidida
del centro y el rechazo de cualquier atisbo federalizante. Un cierto
maurismo quizá en el reformismo local, la propuesta apuntada
por Aznar para descentralizar gasto y poder hacia la administración
local, en perjuicio evidente de las comunidades autónomas que ya
han percibido la mayor parte de las transferencias previstas en la
Constitución y los Estatutos, por más que vascos y catalanes
insistan en lo pendiente.
Frente a los
socialistas que quieren desarrollar el capítulo octavo de la
Constitución y reformar el Senado para dar más peso político a
las comunidades autónomas, los populares parece se van a embarcar
en una operación de descentralización en favor de los
Ayuntamientos. Ambas propuestas no son incompatibles, pero el
devenir político las va a convertir en alternativas y va a servir
las dos formas de ver el desarrollo político inmediato.
El siguiente escenario político, una vez
reanudado el curso parlamentario, será el debate sobre el estado de
la nación, donde Zapatero se juega mucho y al que Aznar llegará
con más desgana y superioridad que entusiasmo. Así que feliz
panorama para el PP y Aznar en este año vacío de elecciones pero pórtico
de otra intensa etapa electoral en el 2003 y 2004, que puede
concluir con una hegemonía popular o quizá con un modelo de
poderes más compartidos e inciertos, más como cuando la UCD que
durante el primer socialismo.
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