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Suscribo totalmente las palabras del defensor del pueblo, Enrique
Mujica, cuando vino a decir que una religión como la musulmana no
puede, en ningún caso, tratar de imponer sus ideas en un estado
democrático, libre y de derecho.
Todo ello sin perjuicio del más profundo respeto a sus convicciones
y sus creencias, pero todas las religiones que basan sus cimientos
en el fanatismo y la barbaridad por defender a sus dioses, se
convierten en peligrosos caminos que nunca llegan a buen puerto. Y
me estoy refiriendo exclusivamente a todas las que bajo esos
conceptos escriben las páginas de sus mandamientos a seguir.
Religiones que defienden la ablación del clítoris de las mujeres;
que establecen el poder del hombre sobre la mujer; que obligan a
tapar el rostro de sus compañeras para que no puedan ser vistas por
la calle; y que consecuentemente imponen una constante violencia
encubierta, son religiones que en todo caso se limitaran a sus
círculos a sus prácticamente, pero contra las que todavía habrá que
seguir luchando.
Por ello, preferir un velo a una educación; intentar imponer unos
criterios totalmente desfasados en el siglo XXI por mucha cultura y
tradición que haya detrás no deja de ser una postura intransigente y
retrógrada. En Egipto, el gobierno no permite a las mueres que
entren tapadas en los lugares oficiales, en un claro intento de
modernizar su país, pero sin embargo muchas mujeres siguen negándose
a quitarse el velo, ese que no les deja ver el cielo, por temor a
sus maridos y sus familias; por temor a represalias y malos tratos.
Pero eso sí, esas mujeres siguen sufriendo en sus carnes la
mutilación sexual cuando todavía son unas niñas: se les niega el
derecho al placer.
Un país democrático y libre como el nuestro no puede cruzarse de
brazos ante estas situaciones, y por ello habrá que decir basta
cuando se quieran imponer estas barbaridades que de culturales no
tienen absolutamente nada. El derecho a la educación, la dignidad,
la vida y la libertad, debería estar por encima de todas las
religiones. |
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