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No puedo evitar acordarme del
Palacio de la Moneda de Chile cada vez que veo los tanques de Ariel
Sharon cercando, amenazadores, las oficinas del presidente palestino
Yaser Arafat. Me vienen a la memoria de un modo instantáneo,
casi inconsciente, las últimas palabras de Salvador Allende:
«Mucho más temprano que tarde abrirán las grandes alamedas por
donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor».
Imagino entonces a Arafat, con su pistola en bandolera y rodeado de
su guardia personal, sin luz ni comunicaciones. Creo escuchar
también el rotor de los helicópteros de guerra, desafiantes,
sobrevolando la sede de la máxima autoridad palestina.
Es seguro que
las biografías de Arafat y Allende no son iguales, ni siquiera
parecidas, tampoco las de Pinochet y Sharon, pero las
imágenes de Ramala son como el remake de una vieja película
que ya creíamos superada. El general chileno segó tantas vidas como
pudo con la insensibilidad de quien no había sufrido antes. El
israelita no puede ser igual. Ha vivido el dolor en sus carnes y en
la masacre de su propio pueblo. Por eso me atrevo a exigirle que no
repita el guión.
Dicen los
politólogos y los expertos en Oriente Medio, que la solución al
conflicto pasa por una actuación política muy medida, con muchos
matices. Tendrán razón, pero antes de llegar a la finezza
habrá que acabar con los asesinatos indiscriminados de población
civil de ambos bandos. Habrá de ponerse solución también al asedio
al que está siendo sometido Yaser Arafat porque, guste o no, es el
interlocutor elegido por los palestinos.
No conozco la
solución para poner fin a la sangría de una Tierra Santa que empieza
a tener secas las venas, pero si digo como el judio Moshé Dayán:
«Si quieres hacer la paz no hables con tus amigos, habla con tus
enemigos».
Y a
todo esto, el amigo americano buscando donde está Palestina en el
mapa. |