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Resulta que ahora son los políticos quienes interrogan a los
periodistas. Los abordan en los rincones de los saraos para
preguntarles: «¿Qué? ¿Cómo va vuestra guerra?». Y los periodistas
silban. Prefieren hacerlo porque ya llevan varias conflagraciones y
han oído en muchas ocasiones silbarles las balas sobre sus cabezas.
Que, con todo, son las balas mejores, porque las otras, las que no
se oyen, son las que te han dado.
En la actual guerra, como en todas, está Pedro J. Luego, hay algunos
entusiastas en ambos bandos pero, sobre todo, hay muchos que no
tiene ninguna gana de estar, ni que les den fusil, ni que los manden
calar bayonetas aunque son conscientes de que les ha pillado el
estallido y que les ha tocado un bando, que no es, con todo, lo
peor. Porque hay algunos a quienes les pueden reclamar para las dos
trincheras enfrentadas a la vez ya que en esta ocasión no pocos los
que se encuentran enrolados profesionalmente en ambos dos ejércitos.
Por fortuna, y hasta el momento, parece que los profesionales de la
comunicación en su conjunto no se han lanzado alegremente al
degüello del enemigo y se vive la situación con escaso entusiasmo y
mucha tristeza.
Se sabe que al final habrá «cadáveres» sobre el campo, que suelen
ser, como han demostrado experiencias anteriores, casi todos de
clase de tropa y algún oficial de bajo rango y se recuerda con
profundo disgusto cómo las batallas rompieron amistades de lustros y
se traspasaron barreras éticas que jamás debieron ni rozarse. La
esperanza, aunque quizá vana, es que lo que tenga que sustanciarse
se sustancie empresarialmente y no se metan en danza otros
conceptos, aunque la situación es tan enrevesada y tiene tantos
recruces que obligatoriamente tendrá consecuencias traumáticas para
trazar los lindes y divisorias que hoy están endiabladamente
entrecruzados. Nada más normal si se tiene en cuenta que los que hoy
se enfrentan eran hasta ayer aliados y sobre el papel lo siguen
siendo.
«¿Cuántas guerras lleváis?», preguntó el político al periodista.
«Cuatro», contestó el plumilla con hastío. «¿Y ésta cómo es?»
insistió el padre de la patria. «Civil», definió su interlocutor.
«¿Y quién la ganara?», deseó saber por último. «En las guerras
civiles, sea cual sea el vencedor, pierden todos. Pero eso no parece
tenerlo en cuenta nunca el que la inicia», concluyó el entrevistador
entrevistado.
Cuatro han sido, en verdad, las guerras de la prensa en los últimos
años. La primera fue entre Troya y los aqueos. La batalla máxima se
libró entonces en torno al presunto cadáver político Felipe
González, como si de un Héctor se tratara. Los dos bandos ya
ofrecieron perfiles muy diferentes tanto en composición como en
estrategia. Los unos, compactos y tras sus fuertes muros, los otros,
divididos y disputando todo el día quien mandaba más, si Agamenón y
si Aquiles. La segunda tuvo parecidos protagonistas, pero en esta
ocasión una mayor similitud con la imagen de las guerras púnicas.
Los troyanos eran ahora los romanos de Prisa, dirigidos por el
emperador Polanco y los griegos, las tropas cartaginesas mandadas
por muchos y muy brillantes barcidas. Las Plataformas Digitales
fueron la excusa del inicio de las hostilidades que tuvieron un
final confuso donde el único que acabó pagando el pato fue un juez
togado y de nuevo fueron notorias las diferencias organizativas de
las fuerzas contendientes. El disciplinado imperio, ordenado a toque
de trompeta, con sus legiones marcando el paso y sus escalas de
mando perfectamente definidas se batió contra las brillantes tropas
cartaginesas, aguerridas y audaces pero donde todos querían ser
Aníbal y lo que acababan era haciendo el Asdrúbal.
Las dos ultimas guerras han cambiado de escenario. El Imperio se ha
mantenido al margen, aunque presumiblemente mondándose de risa. La
tercera conflagración tuvo derrotado, Juan Villalonga, quien hubo de
emprender la senda del exilio, aunque alfombrado de oros, tras ver
hundirse sus delirios califales ante la embestida de las mesnadas de
Pedro J., cuya retaguardia apoyaban los más poderosos señores. Ahora
estamos en plena cuarta, donde como en las tres anteriores el que no
falta es Pedro J., que esta vez ha enviado su caballería contra
Cesar Alierta.
Por el momento, el aragonés parece roqueño y la retaguardia del
riojano mucho menos nutrida que en ocasiones anteriores. Más bien
parece que esta algarada la ha emprendido por cuenta propia. Las
tropas , además, y por lo que se percibe, están un poco hartas de
combates. Vamos, que hay quien lo que le pide el cuerpo es coger la
moto del Mula Omar y salir de naja por los montes. |
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