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Hay mucha gente
para quien el Sáhara no es sólo el nombre de un desierto, ni
siquiera un lugar en el mapa de África, con unos límites
intermitentes que lo diferencian de Marruecos. Para estos miles de
hombres y mujeres que, cada verano, acogen en sus casas a otros
tantos niños saharauis, las noticias de estos días, sobre el futuro
de la antigua colonia española, desbordan la frialdad mediática de
lo ajeno y adquieren una tonalidad mucho más cercana. Para estas
familias, el Sáhara es Zeinabo, aquella niña de ojos profundos y
pelo rizado que, un atardecer de verano, descubrió el mar en
Tarragona. Y Touba, la jefa del barrio 1 de Míjek, que siempre se
despide con la mirada triste y la esperanza larga. Y Moulud, de
aspecto envejecido, a pesar de no llegar aún a los 50, que hace el
ritual del te, sin pronunciar nunca palabra alguna.
Y es Shaia, de una belleza exótica, que desde el internado en donde
estudia, cerca de Orán, balbucea un catalán nostálgico por teléfono.
Y el Sáhara es también Matubaka, siempre con la sonrisa en la boca,
a quien 27 años de vergüenza no han conseguido doblegar la espalda
de la dignidad.
Y Mohamed Lamin, de tez oscura y cuerpo menudo, que dirige la radio
de Auserd, desde unas instalaciones modestas. Y Mohamed Sidi,
especialista en meter a más de veiente personas en su jeep. Y
Gaixmula, siempre con guantes en las manos porque, según su ideal de
belleza, quiere tener la piel blanca.
Y Brahim Ahmed, jefe de la segunda región militar en el territorio
liberado por el Polisario, que sueña con que, un día, podrá estudiar
historia contemporánea y sociología.
El Sáhara son rostros amigos, pero también sensaciones y paisajes:
la inmensidad del desierto, la plenitud del silencio, el placer de
las horas sin prisas, la grandeza de la simplicidad, la comida y la
bebida compartidas, la arena que se escurre entre los dedos de las
manos y que aparece por todas partes, andar descalzo, merendar en
las dunas, te y más te saboreado medio tumbados en las alfombras,
una procesión inacabable de gente que entra y sale de las haimas y
que nunca aciertas a saber quienes son, puestas de sol bellísimas,
un estallido de estrellas acompañando a la luna en su viaje a través
de la noche, un sentido de la hospitalidad impensable en otras
latitudes y, sobre todo, la esperanza mantenida durante tantos años,
en lo más duro del exilio argelino, de volver al propio país y vivir
en libertad.
El pueblo sahraui espera de España el gesto de dignidad que este
estado, y sus partidos políticos mayoritarios, han sido incapaces de
hacer desde la muerte de Franco, desde aquel «España cumplirá con
sus compromisos» de un joven Juan Carlos en 1975, en el Aaiún,
pasando por el «España nunca os olvidará» de Felipe González, meses
más tarde, ya en los campamentos de refugiados, hasta el cinismo del
ministro Piqué, al afirmar que le era «indiferente» la solución que,
finalmente, se aplicara en aquel territorio.
Como Portugal hizo con Timor, España tiene el compromiso moral y el
deber histórico de defender el ejercicio del derecho de
autodeterminación para el pueblo sahraui y el respeto de la
comunidad internacional a sus derechos colectivos.
Y ningún interés económico, ni político, puede sobreponerse a su
deuda pendiente con el pueblo sahraui, lejos, pues, de la dimisión,
la pasividad y la indiferencia de la España oficial de hoy |