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Los pastores vascos, los del báculo episcopal, han echado su cuarto
a espadas sobre la Ley de Partidos Políticos. A los reverendísimos
prelados, al igual que a otros muchos ciudadanos, no les gusta este
proyecto del Gobierno. Hacen bien en decirlo. Desde su punto de
vista, la ley que permita la ilegalización de Batasuna es una
aberración, amén de una fuente de complicaciones en la ya de por sí
convulsa y dividida sociedad vasca. Y todo ello lo razonan en una
pastoral que tiene la paz como objetivo. Pero, ¿qué paz? ¿La que
preconiza todo el espectro nacionalista, secuaces de ETA incluidos?
Una paz ésta -hay que recordarlo- en detrimento de la otra mitad de
los ciudadanos de Euskadi. Y es ahí, tras muchos circunloquios y
muchas llamadas a la condena explícita de la violencia de ETA, donde
los obispos de Bilbao, Donosti y Vitoria, enseñan el plumero. Para
los reverendos pastores el rebaño eclesial se divide entre ovejas
latxas (raza autóctona) y merinas (raza mesetaria). Y, ya se sabe
que el buen pastor -perdonen el sarcasmo- sabe separar adecuadamente
las unas de las otras, no vaya a ser que se mezclen y se apareen
entre ellas, alumbrando ejemplares mestizos. Las latxas al redil, y
las merinas, a merced del lobo.
Igual convendría que las merinas acabasen cambiando de pastores. O
lo que es lo mismo. La pastoral de los obispos vascos no obliga en
conciencia ni a los propios católicos. Es un elemento más en el
eterno debate social sobre el terrorismo etarra, que no sólo es un
grave problema policial, sino un gravísimo problema político que
continúa pendiendo amenazador sobre el conjunto de la vida
democrática española. La posible ilegalización de Batasuna mediante
la Ley de Partidos Políticos, aunque ésta sea bastante chapucera en
las formas -de ahí los reparos de muchos-, es un acto de lícita y
legítima defensa de la sociedad española. Y es lícita y legítima no
ya en el aspecto jurídico-político, sino en el de la ética civil, la
única que existe y que debe primar en un Estado aconfesional. Pero,
incluso dentro de la propia lógica interna de la Iglesia Católica,
al creyente -y más si reside en Euskadi- le resulta extremadamente
difícil comulgar con ruedas de molino.
El ambiguo lenguaje de la pastoral de los obispos vascos se merece
una contundente respuesta por parte de quienes siendo católicos
están en desacuerdo con él. Es lo que, con el Evangelio en la mano,
se conoce como la libertad de los hijos de Dios.
Un Dios que no hace distinciones entre nacionalistas y no
nacionalistas. Un chiste eclesiástico explica que la mitra, tocado
ceremonial de los obispos, es la prolongación hacia arriba de un
gran vacío. En este caso, los de Bilbao, Donosti y Vitoria,
sustituyen mitra por txapela y báculo por makila. No obstante, el
vacío persiste. Ya saben: las latxas reconocen antes al pastor
tocado con txapela... |
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