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Esta mañana, cuando me he levantado, de repente, la he visto; ahí:
una cana ¡No te jode; UNA CANA!
En un primer momento he querido no verla utilizando esa capacidad
humana que tenemos los humanos para no ver las cosas que no queremos
ver, pero no he podido evitar la también humana curiosidad y... ahí
estaba: LA CANA.
Claro que -he pensado en un acto reflejo de autodefensa- podría
tratarse de un efecto de la puñetera luz alógena o, quizás, un resto
de pintura. Me he acercado tanto al espejo que he estado a punto de
meterme dentro, he seleccionado la zona con los dedos, he escogido
el pelo y no... no era un reflejo alogénico. He intentado, por otra
parte, recordar cuándo pinté algo de blanco por última vez y no he
conseguido acordarme... en el 92 quizá... Pero me he duchado después
del 92; y más de una vez.
Resultado: era una cana; ES UNA CANA.
¿Y qué hago yo ahora? Porque a una determinada edad, cuando tienes
muchas canas, puedes ir de interesante, pero cuando tienes una cana
todo el mundo te dice: Andá, tienes UNA cana. Podrían fijarse en lo
delgado que estás, en lo bien que conservas los pectorales, en los
zapatos... Pues no; sólo ven LA cana.
He tenido tentaciones de arrancarla pero me he contenido porque
dicen que cuando te arrancas una cana te salen diez y que si te
arrancas diez te aparecen cien y, si sigues, mil. Mira lo que le
pasó a Antoñete, al de Los Mallen o al Gremlin malo.
En un alarde de originalidad he decidido teñirla. Lo malo es que no
había tinte en casa y tampoco eran horas para acercarse a la
droguería a comprar uno «para mi mujer». He metido mano a la caja de
rotuladores de mi hijo.
He tenido que pintármela de verde oscuro porque los rotuladores
siguen teniendo la mala costumbre de gastarse en este orden: negro,
marrón oscuro, marrón claro... Deberían poner dos de algunos
colores.
Chico, esto de la cana me ha sentado muy mal, la verdad... UNA CANA
AHÍ, hay que joderse... Fíjate, me ha sentado peor que cuando me
salieron en la cabeza. |
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