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Antes
de las vacaciones las clases de los gimnasios estaban a rebosar y, a
la vuelta de las vacaciones, es el turno de las consultas de las
esteticistas que deben regenerar las pieles castigadas por el sol.
De manera simultánea, los escaparates se llenan con la ropa de otoño,
y entre las prendas del año pasado y las que precisemos ahora vamos
a dedicar bastante tiempo a la envoltura del cuerpo, sin olvidar la
vuelta a los regímenes alimentarios que nos hemos saltado durante
el verano, y que deberemos recuperar.
Lo cierto es que
el cuerpo nos ocupa mucho tiempo. Le dedicamos de seis a ocho horas
diarias de descanso, de dos a tres horas para las tres comidas
diarias, amén de las duchas correspondientes, cortes de pelo,
arreglos de uñas y un largo etcétera. A la mente, en cambio, no la
llevamos al gimnasio, no visitamos escaparates para ver con qué
ropa vamos a ataviar las neuronas esta temporada, no le
proporcionamos leches limpiadoras y, salvo cuando nos encontramos
mal y acudimos al psiquiatra, la desproporción entre los cuidados
que aplicamos al cuerpo y los que reservamos para la mente son de
una diferencia abrumadora.
Más aún, nos
solemos quejar de nuestra cintura, de las tetas, del culo, de que
somos bajitos, pero no solemos expresar malestar porque seamos
lentos en el razonamiento deductivo, o que poseamos escasa intuición,
o que nos cueste pensar con lógica, o que no tengamos facilidad
para la abstracción. Incluso los teólogos, al hablar de la
resurrección de la carne, hicieron hipótesis sobre la edad a la
que resucitaríamos, pero no se ocuparon de si nuestro cerebro sería
el de la juventud, el de la madurez o el de la vejez.
Otrosí, tras
repasar el tiempo dedicado al cambio del aceite del coche, revisión
de kilometraje, relleno de combustible y otros etcéteras, he
llegado a la conclusión que me ocupa más tiempo que mi alma.
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