Qué grande es ser viejo

 

Mi amigo, director de una oficina bancaria, hombre con experiencia internacional y buenos resultados, intentaba convencerme un viernes por la mañana de la conveniencia de suscribir un plan de pensiones o un fondo de inversiones -¿yo qué sé?- para asegurar mi segunda vejez. Quedamos en vernos el lunes. Ya no está en su despacho. El viernes a mediodía le señalaron dos puertas: la del paraíso de la jubilación anticipada o la del infierno de un traslado a otra «plaza». Mi amigo entendió el mensaje en menos de un cuarto de hora. Volvió a la sucursal a tiempo de recoger las fotos de los chicos y un par de mecheros de propaganda y dio carpetazo a una vida profesional a la provecta edad de 55 años. Me dicen que ha quedado bien situado económicamente, hombre, no tanto como los dirigentes del BBVA beneficiados con fondos de pensiones incontrolados, pero que tardó en conseguir arrancar el coche, porque estaba llorando.

Parece que empieza a resultar de mal gusto haber cumplido sesenta años. A esa edad, la gente necesita ir al médico con cierta frecuencia y comete la grosería de pedir a la sociedad que le devuelva una parte del dinero que ingresó cuando estaba activo en la Seguridad Social. Y encima hay un exceso de hombres y mujeres, más todavía de mujeres, que se resisten a morir.

Nos habían acostumbrado a pensar que era conveniente anticipar la jubilación para dar paso a las nuevas generaciones y mejorar la productividad; los partidos políticos, los que son la vanguardia de la clase obrera y los interclasistas, ya habían decidido realizar la revolución juvenil y amortizar a quienquiera que haya comprado en un quiosco «Triunfo» o «Pueblo». Nos van a volver locos. Es difícil entender que un hombre de 55 años sea incapaz de manejar, cómodamente sentado, una cartera de clientes, cuando, a los 65, le pedimos que sustituya en una ONG la tarea que venía realizando un joven hasta que dejó de ser necesario exhibir la objeción de conciencia.

A los viejos, después de dejar muy claro cuándo lo son, hay que dejarlos en paz. Y subir las pensiones en vísperas electorales. Como siempre.

Eduardo S.

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