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La
sobrina del presidente de los Estados Unidos, Lauren Bush, niña
mona y anoréxica, se negó, en un alarde de preocupante enfermedad
mental, a desfilar en la pasarela Gaudí de Barcelona luciendo unos
diseños inspirados en el mundo árabe, alegando, además, que la música
que la acompañaba, de estilo también oriental le impedía formar
parte del desfile, ya que según la niña todo lo que
huele a Islam es terrorismo puro y duro.
La sobrina de uno
de los mayores terroristas del mundo ha puesto en duda la capacidad
intelectual de más de medio mundo y ha pretendido erigirse en
defensora de unos valores humanos que las autoridades
norteamericanas siguen pisoteando con total impunidad con el beneplácito
de unos cuantos jefes de estado que están para lo que haga falta.
Hablar del Islam
como la cuna del terrorismo pone de manifiesto en la boquita de la
tal Lauren que la capacidad del ser humano para intentar cambiar el
rumbo de la historia no tiene limites, y lo que quizás sea más
preocupante es la constante solidaridad que encuentra Bush a todas
sus reaccionarias acciones.
El mundo
norteamericano no tiene historia. Su historia se remonta a pocos
centenares de años y sin embargo se creen con el derecho de marcar
las pautas de la cultura, el patrimonio y las civilizaciones del
resto del mundo.
Actuaciones como
la de la sobrina de Bush deberían tener una inmediata contestación
no sólo del mundo árabe en general sino de las diferentes culturas
con raíces islámicas. Ni todos los americanos llevan banderitas al
trabajo ni todos los italianos son mafiosos.
Decir que Islam
es igual a terrorismo es un grave insulto a unas culturas que han
dejado huellas a lo largo de la historia, y escudarse en el hecho
del 11 de septiembre ya comienza a hartarnos a quienes entendemos
que la inteligencia radica, precisamente, en saber distinguir lo
bueno de la malo; lo blanco de lo negro.
Todo lo contrario que la niña boba de Lauren.
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