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El
nuevo paquete de medidas contra el terrorismo doméstico que prepara
el Gobierno contempla alguna que, si se concreta en los términos
que apuntan las filtraciones de prensa, sería especialmente
procedente y esperanzadora. Me refiero a la posibilidad de que las
mujeres en trámites de separación o divorcio por malos tratos del
marido o compañero, puedan cobrar la prestación por desempleo
aunque nunca hayan trabajado fuera de casa y, por lo tanto, nunca
hayan cotizado a la Seguridad Social.
Es un deber de
solidaridad. Una mujer que, además de tener la autoestima por los
suelos a fuerza de golpes físicos o morales depende de su
maltratador incluso para comer, difícilmente puede plantearse
romper el círculo infernal del terrorismo doméstico por muchas y
graves que sean las vejaciones que recibe. Sobre todo si tiene hijos
pequeños. La dignidad precisa de la libertad para hacerse efectiva,
sin una fuente de ingresos propia mínimamente estable ni suficiente
cualificación profesional, como ocurre casi siempre, para
incorporarse al mercado laboral, la única opción real de esas
mujeres es ‘aguantar’.
Alejar al verdugo de la víctima desde la
primera denuncia es otra de las nuevas medidas en estudio. Pero, por
mucho que se acelere el proceso, reunir las pruebas que permitan
privar legalmente a alguien de su domicilio legal tiene sus trámites.
Y el efecto demoledor de la espera sobre las víctimas está de
sobra acreditado. Trágicamente acreditado. Sin dotarlas de recursos
económicos para que puedan tomar la iniciativa y cambiar de casa o
de ciudad mientras los tribunales resuelven, incitar a estas mujeres
a denunciar al psicópata con el que tienen que seguir viviendo es
una grave irresponsabilidad social y política que sólo conduce a
que se multipliquen las palizas y, a menudo, al hospital. O al
cementerio. Cobrar ‘el paro’ no es, en ningún caso, un proyecto
de vida. Pero para las mujeres maltratadas sin recursos económicos
propios puede ser, en un momento dado: en el difícil momento de
decidirse a poner tierra de por medio entre ellas y su agresor, la
única salida. Su única posibilidad real de elegir. La diferencia
entre la muerte psicológica e incluso física y un futuro más
humano. Entre la muerte y la vida. Su única oportunidad.
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