El milagro del Opus

 
Durante los años sesenta, cuando empezaban a dar sus frutos los planes desarrollistas de Laureano López Rodó, corría por todas partes, especialmente por los ambientes universitarios e intelectuales, un remoquete que afirmaba: “El Opus Dei es un ten con ten entre el cilicio y el Remy Martin”, una forma jocosa de acercarse a una realidad críptica y, ya que no secreta, muy discreta. La mención del cilicio trataba de apuntar el rigor y el sacrificio de los numerarios y supernumerarios de la organización mientras que el coñac servía de referencia a una, al menos aparente, abundancia material común en las instalaciones de “la Obra”.
Han pasado los años y el Opus algo ha ganado en transparencia —no mucho—, al tiempo que ha crecido notablemente en número de devotos, implantación internacional, apariencia de poder y, sobre todo, en influencia vaticana. A tal punto que estamos en vísperas de la solemne canonización de su fundador, el hasta ahora beato José María Escrivá de Balaguer, marqués de Peralta.
Llama la atención, contemplado el fenómeno desde una respetuosa distancia, que con santos tan notables como Ignacio de Loyola, cuyo proceso de canonización fue considerado en sus días como vertiginoso, se dejaran transcurrir 66 años entre la fecha de su fallecimiento (1556) y la de la ceremonia de su elevación a los altares (1622). Josemaría Escrivá falleció en 1975.
Está muy lejos de mi ánimo la crítica a las decisiones eclesiales y, más todavía, en asuntos estrictos de la fe; pero, siendo la eternidad la unidad de medida temporal para estas cuestiones, sorprende la prisa con la que se ha producido el, por otra parte, complejo procedimiento vaticano. Es más, algunos de los panegíricos sobre la personalidad del nuevo santo que he podido leer estos días llaman la atención por su proximidad.
Últimamente, en un trabajo que he tenido que realizar sobre la Venecia del siglo XV, un tiempo apasionante, me encontré con la figura de Lorenzo Justiniano, miembro de una de las familias notables de la época y el lugar. Tan grande era su fama de santidad que el Senado veneciano ordenó su entierro en la catedral de San Pietro al Castello. Era en 1456. Inmediatamente creció la devoción popular por el que fue primer patriarca de Venecia. Aun así no fue beatificado hasta 1524 y el proceso de la canonización se alargó hasta 1649. Esos han sido, históricamente, los prudentes ritmos de la Iglesia, ¿por qué esta vertiginosa excepción en el caso del fundador del Opus Dei?
Pensemos, para mejor situarle en el tiempo, que Josemaría Escrivá nació en el mismo año en que lo hizo su paisano y actor Paco Martínez Soria. Los dos, por cierto, se parecen físicamente y ambos hablaban con parecidos acentos y dejes. Martínez Soria está ahí. Se sigue programando en la televisión.
Quizá sea sólo que no podemos imaginarnos contemplando un vídeo de San Pablo, Santo Tomás o San Agustín y los del nuevo santo se venden en las tiendas del ramo; pero, insisto, la proximidad sin duda muy deseada por los socios de la Obra no deja de ser chocante para un espectador más distante.
Dejo otro de los aspectos polémicos de la canonización, el de los milagros obrados por el santo, para personas más formadas y devotas; pero no se puede dejar de reconocer que su gran milagro es, precisamente, el de la creación el 2 de octubre de 1928 del Opus Dei. El contenido de la prelatura personal que le fue concedida ha convertido a la Obra, con cerca de cien mil seguidores en todo el mundo, en un verdadero instrumento de poder dentro de la Iglesia. Dentro y fuera. Su implantación en la sociedad civil, especialmente en algunos países como España, le ha conferido a la Obra el bautismo popular de masonería blanca y, aunque con más discreción y cautela que hace treinta o cuarenta años, cuando llegó a ser la primera fuerza política dentro del régimen de Franco, el número de socios del Opus instalados en la cumbre del poder nacional, regional y local es elevado. Todos ellos disfrutarán desde del domingo de la protección especial y celestial del nuevo santo. Supongo.

Manuel Martín

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