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En las pequeñas
poblaciones todavía sigue existiendo la antigua costumbre de
compartir cuitas y alegrías, con todos los inconvenientes que eso
conlleva. En las ciudades, en cambio, resulta todo lo contrario, y
los urbanitas, sumidos en la imparable vorágine cotidiana,
comparten palabras, gestos e incluso sonrisas, pero no así los
verdaderos sentimientos. Esto está ocurriendo ahora, cuando por
todas partes se oye hablar de medios de comunicación, de internet,
de teléfonos móviles, sistemas digitales, satélites y qué se yo
cuántas cosas más; sin embargo, y a pesar de parecer un
contrasentido, cada vez estamos más incomunicados a nivel personal.
Es como si la soledad del ser humano evolucionara paralelamente al
desarrollo tecnológico.
La sala de espera
de los médicos de las grandes ciudades es un lugar ideal para
observar el comportamiento de la gente. Así, a medida que van
llegando los pacientes, como mucho se saludan, eso sí, con cierta
cortesía, con un «buenos días» o un «buenas tardes» según el
caso, pero rehuyen el diálogo directo y personal; es la
desconfianza que genera la vida ciudadana. Sin embargo, basta con
que llegue una persona de una pequeña población para que se note
su afán por abrirse a los demás, unos contertulios de piedra que,
alterados internamente por la falta de costumbre, se aferran a lo
suyo escudándose en frases disuasorias. En los parques ocurren
cosas parecidas. En cierta ocasión, estábamos en un parque
infantil de una pequeña población cercana, esperando,
pacientemente sentados en un banco, mientras los niños se divertían
jugando en esos extraños laberintos llenos de tubos y cuerdas que
sustituyen a los árboles frutales de nuestra infancia. No pasaron
ni cinco minutos cuando una señora que estaba a nuestro lado empezó
a charlar con mi suegra, persona acostumbrada a otra época más
tranquila en la que todo el mundo se conocía. Como suele decirse en
estos casos, se juntaron el hambre y las ganas de comer, y la
situación llegó a tal extremo que la señora acabó sacando el
carnet de identidad para que mi suegra viera la edad que tenía.
Algo impensable en un ambiente urbano donde cada uno va a lo suyo.
Ayer, sin ir más lejos, observé una escena realmente curiosa. Me
encontraba en una cafetería cuando llegaron dos hombres con una
guitarra enfundada y se pusieron a mi lado. Al cabo de un momento
hizo su entrada un individuo de mediana edad con apariencia de
bohemio, vestido a la usanza de los sesenta y chupando una pipa
apagada —porque no olía; quizá fuera para ahorrar—. Cuando se
dirigía al final de la barra reparó en la guitarra y les espetó:
—-¿cuántos sois?—. Ellos pusieron cara de extrañeza, casi a
la defensiva, como es natural ante una pregunta como esta. Él, al
darse cuenta, añadió: «¿formáis parte de algún grupo? Yo formo
parte de una murga; somos tres. Uno toca el bajo, otro la guitarra y
yo el acordeón. Me llamo Fulano de Tal, tengo cincuenta y dos años
y llevo en esto desde los quince». Aquel chorro informativo lleno
de calor humano provocó un cambio de actitud y comenzaron a charlar
animadamente, tanto de lo personal como de la electrónica aplicada
a la música. Como si se hubiera roto un dique y las aguas fluyeran
a su antojo.
Cuando caminamos sin rumbo por las calles de la
ciudad, en ese paseo que damos bien por apetencia o por prescripción
facultativa, basta una mínima capacidad de observación para darse
cuenta de la soledad que invade a las personas que pasan junto a
nosotros. Alegrías fingidas; caminar decidido para ir a ninguna
parte; conversaciones banales cara a cara o a través de artilugios
electrónicos; miradas altivas que esconden verguenzas; bolsas
llenas de compras que intentan llenar un profundo vacío; e incluso,
en ocasiones, alguna moneda para intimar con una máquina absurda
que no reprocha ni pregunta, que solamente acompaña mientras le den
de «comer». Es la soledad de la gran ciudad que crece, pero nos
absorbe. Habría que preguntarse si la proliferación de animales de
compañía, principalmente los perros, son por verdadero amor a los
animales o para llenar un vacío interior que sus dueños temen
exteriorizar. Quizá sea la masificación urbana la que inspira el
miedo que provoca ese encierro en nosotros mismos. Y la solución no
está en manos de las autoridades municipales, sino en nosotros
mismos. Siempre he pensado que el trato de la gente es recíproco,
que a uno le tratan del mismo modo que hace con los demás.
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