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Hacia mediados del
siglo XVIII, las fallas eran un simple festejo incluido en el
programa de actos típicos de la fiesta de San José. Al amanecer del
día 18 en algunas vías urbanas aparecian peleles colgados en medio
de la calle de ventana a ventana, o pequeños tablados colocados
junto a la pared, sobre los cuales se exponían a la vergüenza
pública uno o dos «ninots» alusivos a algún suceso, conducta o
personaje censurables. Durante el día, los niños y adolescentes
recogían material combustible y preparaban pequeñas piras de trastos
viejos que también recibían el nombre de fallas. Unas y otras eran
quemadas al anochecer de la víspera de San José congregando en torno
a la hoguera una amplia participación popular.
Al día siguiente era día de media fiesta y los carpinteros y los
valencianos devotos acudían a los templos parroquiales para festejar
a su patrono. En muchos hogares se celebraban fiestas onomásticas en
las que se agasajaba a los Pepes con tortadas, buñuelos y anís. En
suma, una fiesta popular y vecinal
La primera documentación con la que se cuenta sobre las fallas, es
un oficio dirigido al corregidor de la ciudad de Valencia para que
prohibiera la colocación de los monumentos (especialmente los de
tipo teatral) en las calles estrechas y junto a las fachadas de las
casas. Como consecuencia de estas medidas de policía urbana
(prevención de incendios) se obligaba a los vecinos a plantar fallas
en las calles anchas, en los cruces de calles y en las plazas.
Curiosamente, sin pretenderlo, una simple medida como ésta
provocaría, a la larga, una importante transformación. Aunque las
fallas seguían manteniendo una estructura horizontal y teatral en
dos cuerpos (un tablado y una escena sobre el mismo), al colocarlas
en el centro de una calle o plaza era preciso concebirlas de forma
exenta, puesto que podían ser rodadas. Para verlas en su totalidad,
había que darles la vuelta, y al liberarlas de su anexión a una
pared, se liberaron también nuevas potencialidades constructivas y
la necesidad de inscribir mensajes en todos sus lados.
Antorchas, hogueras, peleles y entablados, durante mucho tiempo
recibieron el nombre de fallas, pero progresivamente se fue
restringiendo el uso de esta denominación para referirse a las piras
satíricas, es decir a aquellas que sobre un tablado exponían a la
vergüenza pública los vicios o prejuicios imperantes. Eran estas
fallas las que suscitaban expectación cada año y las que la
población acudía a visitar masivamente. Consistían en una estructura
prismática, generalmente cuadrangular, con armazón de madera,
recubierta ornamentalmente con bastidores pintados, con lienzos o
con paneles que ocultaban los materiales combustibles amontonados a
su base. Los ninots o figuras que aparecían en el escenario se
vestían con telas o ropas viejas. Estas fallas satíricas, al igual
que els miracles de sant Vicent, se acompañaban siempre de unas
hojas de versos que, colgadas como pasquines en las paredes próximas
o en los bastidores del pedestal, desarrollaban la glosa rimada del
tema que se escenificaba en la falla. A Mediados del siglo XIX, al
imprimir estos versos y editarlos en pequeños pliegos, dieron origen
al llibret y, en consecuencia, se amplió considerablemente la
posibilidad de desarrollar el argumento.
La característica peculiar de las fallas satíricas es la figuración
de un hecho social censurable. Tienen un tema concreto y responden a
una intención crítica o cuando menos burlesca. A diferencia de las
simples hogueras y de las piras de trastos viejos, en ellas se
representan escenas que aluden a personas, sucesos o comportamientos
colectivos que se consideran merecedores de corrección o dignos de
irrisión. Dos temas ocuparon preferentemente a los falleros a
mediados del siglo XIX: la falla erótica y la crítica social.
En 1858, los falleros de la plaza del Teatro de Valencia pretendían
levantar una falla de movimiento con una alusión directa a las
desigualdades sociales. Los versos eran de Josep María Bonilla. La
falla fue prohibida por la autoridad, pero los falleros repitieron
el tema al año siguiente. Por otra parte, con el nombre de falla
erótica o tendencia anticonyugal, la prensa de la época designaba un
tipo de fallas, muy abundantes, que eran prolíficas en alusiones
picantes o escabrosas mediante un lenguaje plagado de equívocos y
que reflejaba una mentalidad hedonista y procaz. Bernat i Baldoví
escribió algunos llibrets que abordaban esta temática, pero tal vez
el más conocido es el escrito por Blai Bellver para la falla de la
plaza de la Trinidad de Xátiva en 1866, denominado La creu del
Matrimoni, que mereció una rotunda condena por parte del
arzobispado. Era para la segunda falla que se plantaba en Xàtiva. La
siguiente en 1867 sería la última que se plantase en la ciudad que
no volvería a tener monumentos hasta 1922.
Durante todo el siglo XIX,todas las instituciones de autoridad,
mantuvieron una actitud vigilante y censora ante las fallas,
fundamentalmente en Valencia que siguió plantando monumentos. Esta
política represiva, justificada por la necesidad de modernizar y
civilizar las costumbres de los ciudadanos, pretendía erradicar los
festejos populares (Carnaval y Fallas, entre otros), y se
intensificó durante los años setenta al establecer gravosos
impuestos sobre el permiso de plantar fallas o tocar música. Esta
presión generó, como reacción, un movimiento en defensa de las
tradiciones típicas y en 1887 la revista La Traca otorgó por primera
vez premios a las mejores fallas. La iniciativa sería continuada por
la asociación renaixentista Lo Rat Penat en 1885. Este apoyo
explícito de la sociedad civil mediante premios se expansió por
todas las poblaciones donde se plantaban fallas, lo que despertó un
espíritu competitivo entre comisiones de vecinos, estimuló el fervor
fallero y produjo una decantación esteticista, dando lugar a la
falla artística. En ella no desaparecía necesariamente la crítica
(incluso podía experimentar una radicación política), pero comenzaba
a predominar la preocupación formal, constructiva y estética sobre
el conocimiento del monumento.
En Valencia el Ayuntamiento otorgaba los primeros premios
municipales en 1901 con la entrega en metálico de 100 y 50 pesetas a
los dos primeros clasificados
El clima social para esta intervención municipal no sólo era
favorable, sino exigente. Y abarcaba todo un abanico amplio de
organizaciones, que incluía tanto asociaciones culturales y
recreativas, como valencianistas y deportivas, políticas y obreras,
que potenciaron el desarrollo de las fallas durante la primera
década del siglo. En reciprocidad con este apoyo social las fallas
se decantaron cada vez más hacia la exaltación valencianista y se
produjo una creciente fusión entre la fiesta fallera y la entidad
valenciana. Desde principios del siglo XX, las fallas abandonaron la
estructura dual (tablado/escena) y comenzó a desarrollarse una nueva
concepción de las mismas, en el cual los ninots no eran ya la figura
más impactante. La falla se componía ahora de la superposición de
diversos elementos y niveles, fundamentalmente de tres: una base de
escasa altura compuesta de repiés para las diversas escenas, un
cuerpo central que servía de sustentación del monumento y un remate.
Este último solía consistir en una figura de grandes dimensiones
constituida por un motivo alegórico capaz de condensar el tema que
explayaban y glosaban las escenas inferiores.
El contenido de la falla no se hallaba ya inscrito solamente en una
escena realzada por el tablado, sino que estaba latente en todo el
conjunto escultórico y debía ser descifrado rodando la falla y
recorriéndola con la mirada de arriba abajo. La falla ahora debía
ser fastuosa, imponente, majestuosa y sugestiva, visible desde la
lejanía.
Bajo la presión de los premios, las fallas adoptaron como ideal
modélico la monumentalidad, la proporcionalidad y el barroquismo.
En Xàtiva vuelve a plantarse una falla en 1932 a cargo de la
Primitiva Setabense, y en 1933 se elige la primera fallera mayor de
Xàtiva. A partir de ese momento se produce un gran esplendor fallero
en la ciudad hasta la guerra civil, donde existe un parentesis en
las fallas que renacerán a principios de la década de los años 40.
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