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Hubo un tiempo en que no sabías lo que te
esperaba. Cierto, cuando uno correteaba por la plaza, entre ninots,
grúas y señores con mono blanco y pincel en mano que te decían que
te largaras de allí, pesadez de niño, nadie te decía que ya
pertenecías, sin saberlo, a esa especie en extinción llamada «el
relevo generacional».
Conforme han pasado los años, claro, te has enterado (más o menos),
de qué es lo que hay que hacer para plantar durante unos pocos días
un monumento de material volátil (me refiero a la falla, en qué
están pensando) que tarda prácticamente todo el resto del año en
construirse, quemarlo entero, y además quedar bien (más o menos) con
mamás y suegras de Falleras Mayores y Corte de Honor.
En el proceso, además de tiempo (mucho) y ganas (¿de dónde saldrán?)
has invertido la mala leche que tu formación te ha permitido criar
(cinco años de carrera con complementos), un cursillo acelerado de
«estoy de vuelta de todo», y una fe errática en que las personas
actúan de buen corazón (iluso).
Sin olvidar los inevitables horarios nocturnos (¿es usted
prostituto, joven? No agente, soy fallero), el agradable intercambio
de opiniones (que te digo que las Falleras salen antes que el ramo,
y así se ha hecho toda la vida, ¿está claro?), o esas exquisitas
fiestas interdisciplinares que son las juntas generales.
Todo para qué (no se preocupen, es una pregunta retórica). Hoy en
día la competitividad se ha afianzado en el mundo fallero como un
símbolo más de la necesidad acuciante de transformar una Falla en
una empresa. Mientras, se sigue empeñando la gente en extraer el
sentido filosófico o romántico a una celebración antigua y
tradicional, instalada generaciones ha en la idiosincrasia de este
pueblo.
Se dice, por ejemplo, que las Fallas son símbolo de renovación y
pureza, algo así como una oportunidad única para expiar tus pecados,
y quedar rebautizado por el fuego hasta el año que viene. O también
que las Fallas son una gigantesca alegoría de la futilidad de la
vida y el ser humano.
Quizá no les falte razón. En este siglo XXI que nos ha tocado vivir,
¿quién puede desentrañar las razones que llevan a un ateo a cargar
con una cesta de flores para la Virgen? ¿o a una feminista de pro
manifestarse «encantada» de ser exaltada?
Como digo, hay preguntas cuya respuesta no es sencilla. Con el
tiempo se acaba de asumir que uno es fallero, y además un fallero
atrapado. Si algún día logras responder todas las preguntas, es
posible que te despidas al estilo «mascletà», y te vayas a descansar
a tu casa.
Y sin embargo, sigues contando los años por Fallas, en vez de por
Navidades. Sigues sintiéndote plenamente satisfecho, cuando los
primeros rayos de luz despuntan una mañana de Marzo, y todo está
preparado para la gran debacle (todo barrido y limpito, señor
Presidente).
Sigues emocionándote, igual que cuando eras un chaval, cada vez que
ves caer el remate envuelto en llamas, vencido ya el pobre, y olas
de calor te queman la punta de la nariz. Sigues, en fin, pensando
que ser fallero vale la pena.
Serás tonto.
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