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Sin duda alguna lo peor de las
euforias es que terminan, que independientemente de la idea, el
sentimiento o la sustancia que las provocan -todas igualmente
tóxicas-, la fuerza desbocada que recorría nuestras venas se apaga
sin remedio, dejando un palpitar doliente en el hígado o en el
cerebro -a algunos incautos incluso en el corazón-, allí donde
colisionan la realidad y la culpa.
Es como si dos desconocidos se
contemplasen desde las crestas de un desfiladero, y el vacío que se
abre ante ellos se revelase como la certidumbre de que la vida no es
sino un gran abismo tan negro como las ojeras que descubrieron esa
mañana en el espejo. «Qué he hecho...», se dicen entonces
cansinamente. «Cómo he podido convertirme en este guiñapo sin
fuerzas si hace unas horas me comía el mundo...« «Ay, ay... ¡ay!» Y
es que las resacas son absurdas por definición, y hasta que llega la
hora de tomar una caña o un martini o volver a autosugestionarse con
la alegría o con el amor o con la salvación del alma o el mundo,
sólo pueden ocurrírsete pensamientos absurdos.
El remordimiento, sin ir más lejos.
Nada hay peor que atormentarse por lo que ya no tiene remedio, por
los porqués o los dónde o los cuándo, por el gen del alcoholismo
feliz o por las posibles e innumerables justificaciones del Día de
la Cruz, ¡qué cruz! Después vienen los propósitos de enmienda, leer
una novela negra hasta que pase el dolor de cabeza o, quizá, La
reforma del entendimiento de Spinoza: «El placer, sobre todo,
encadena al alma con tal fuerza que cree descansar en él como en un
bien auténtico impidiéndole pensar en una felicidad distinta».
Y si no que se lo pregunten a los
barrenderos que estos días han tenido que hacer horas extras para
limpiar las calles de Granada; sólo ellos comprenden el lastre
simbólico de nuestra tradición judeocristiana, que se diluyan tan
armoniosamente -en una copa de manzanilla, sin ir más lejos-
conceptos antagónicos como el alcohol y el sacrificio, el hartazgo y
la ansiedad.
O que el Papa haga su quinta visita
a España y ante el televisor tengas la sensación de asistir a un
acto político. O que se celebre el día de la madre publicidad. O que
Bush hable de la guerra de Irak como si los negros aviones que
arrasaron el país no fuesen sino blancas palomas de la paz. Será que
no nos gustan las ideas, las creencias o la felicidad a secas, sino
algo mucho peor: los símbolos.
Y ya sabemos lo que ocurre con
ellos: primero los contemplamos; después nos los apropiamos;
finalmente los justificamos. Por barrer que no quede: todo cabe en
el contenedor social.
Pero después de la fiesta, el
dolorido ciudadano contempla cómo se le echan encima el resto de sus
días encadenados; y perplejo se pregunta cuándo pudo estropearse el
reloj de su vida. O dónde. O cómo. O por qué. |