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Hasta el próximo 27 de julio puede verse en el Museo del Almodí
una exposición del pintor valenciano José Mongrell (1870-1937) donde
se recogen una selección de sus mejores pinturas que marcaron toda
una época, pese a que Mongrell ha sido uno de los pintores más
olvidados de la historia del arte y casi inaccesible para el gran
público. De no ser de los diseños que realizó para el Mercado de
Colón y de la Estación del Norte de Valencia, apenas se tendría
conocimiento de su obra. Este es un buen momento para contemplar las
obras de un pintor que cabalga entre el simbolismo y el modernismo.
A José Mongrell se le ha encasillado siempre como un alumno de
Sorolla, pero el alumno sólo aprendió del maestro aquello que le
sirvió para extender su arte. Mongrell, ha sido considerado como un
pintor regionalista que pasó del negro al blanco, pero entre el
regionalismo y el modernismo Mongrell cabalgó entre otras
disciplinas que estuvieron presentes siempre en su obra como un
claro simbolismo que nace en París y se extiende por Europa en la
década de 1880. Se caracterizó por poner el acento en el contenido,
atribuyendo a la imagen un significado que va más allá de la pura
apariencia.
En su vertiente española, podríamos rastrear su génesis en ciertas
obras realizadas a principios de los 70 de Mariano Fortuny y Eduardo
Rosales, inspiradas en temas literarios y musicales, con fuertes
dosis de esteticismo y decadentismo. Fue, sin embargo, un movimiento
que se introdujo tardíamente en España, en torno a 1900, y se
desarrolló de modo intermitente.
Una de las grandes figuras del simbolismo español, que lo representó
con mayor continuidad y coherencia, fue Antonio Muñoz Degraín, con
una pintura que se relacionó con la vertiente literaria y simbolista
del modernismo.
No obstante, a pesar de que la aportación valenciana resultara
imprescindible en la trama de la compleja tela del simbolismo
español, dichos pintores no fueron modernistas en sentido estricto,
si exceptuamos posiblemente el caso de Mongrell.
Cultivando un simbolismo de signo romántico y misterioso hasta bien
entrado el siglo XX, sus composiciones llegaron a adquirir un tono
fabuloso, próximo a lo fantástico y decorativo y que se llegó a
mezclar con la pintura preciosista.
En la época en que triunfaban las grandes composiciones históricas
idealizadas y dramáticas, este tipo de pintura, esencialmente
costumbrista, pretendía mostrar el pasado y el presente desde una
perspectiva cotidiana, amable y pintoresca, ajena por lo general a
la grandilocuencia de la pintura de historia académica.
Originariamente, se recreaba en intensificar y hacer patente el
dominio de todos los recursos del arte y su oficio, constituyendo el
resultado más visible y asimilable del virtuosismo técnico.
Pero lo que en un principio significó una predilección por la obra
bien hecha y la exhibición de destreza, tuvo también el peligro, y
muchos cayeron en él, de ser un camino sin salida que se agotaba
tanto en un refinado manierismo como en la simpleza, al servicio de
un costumbrismo anecdótico e intrascendente.
Paralelamente desde el preciosismo se desarrollarían otras
vertientes mucho más dinámicas, libres y expresivas como el
simbolismo o aquellas otras que, explotando también los recursos de
la luz y el color, serían punto de partida y esencia de lo que, más
adelante, se daría en llamar “sorollismo”, una fuente donde Mongrell
supo beber lo justo, para dotar a su pintura de una belleza y un
colorido realmente muy personalista.
Preciosismo es un término de ciertas connotaciones peyorativas, pero
ahora se mantiene en lo que sin embargo significa de amor al oficio,
que en Valencia es culminación y sublimación del oficio,
consecuencia de una pasión por la obra bien hecha y exhibición de
destreza. Pero para otros muchos el preciosismo fue un paréntesis
que se supera rápidamente o un punto de partida que evoluciona pero
que mantiene alguno de sus ingredientes como el virtuosismo en el
que se apoya. Así lo vemos latente en autores del siglo XX que
siguen siendo preciosistas en el concepto pero no en la expresión.
Por ello redescubrir la obra de Mongrell es ahora encontrarse con
unas combinaciones que marcan un tiempo y un estilo, y también
resulta enriquecedor volver a ver aquellos carteles que Mongrell
elaboró para la Feria de Xàtiva. |