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En el transcurso de una entrevista concedida a un programa de radio,
el presidente del Gobierno acaba de declarar, refiriéndose al
espectáculo miserable de las distintas cadenas de televisión, que
«todo tiene sus límites».
¿Y quién los pone?, cabría preguntarse a continuación. En opinión de
Aznar, los responsables no son otros que los empresarios de las
emisoras y los profesionales que trabajan para ellos. ¿Y qué pasa
con el gobierno? ¿No tiene acaso potestad para aprobar y hacer
cumplir una ley de contenidos que nos preserve de la bazofia que
hasta ahora se difunde impunemente? ¿No es el gobierno, tal y como
se han apresurado a recordarle a Aznar algunos de los diputados de
la oposición, el principal empresario televisivo a través de las
cadenas públicas que todos sufragamos con nuestros impuestos?
Esta última consideración merece un comentario aparte. Si las
cadenas privadas han decidido hacer negocio por el procedimiento de
rebajar los contenidos hasta extremos de sordidez difícilmente
calificables, lo único que se puede esperar es esto: o bien que la
sociedad reaccione y le dé mayoritariamente la espalda a este tipo
de programas (cosa poco probable dada la creciente uniformidad de la
oferta), o bien que se legisle en defensa de ciertos valores de
civilidad a los que, por mucho que vivamos en un marco de libre
competencia, no puede renunciarse sin que nuestra calidad de vida
-entendida en un sentido amplio- sufra un daño irreparable.
Pero lo que de ningún modo resulta admisible es que las emisoras
públicas, nacionales y autonómicas, lleven años entrando en el mismo
juego y que encima salga ahora el presidente del Gobierno a
recordarnos cómo está el patio. ¿Qué se puede hacer? ¿Sentar a este
hombre ante el televisor y hacerle ver los excelsos niveles
estéticos y humanos que alcanzan Noche de fiesta, Ésta es mi
historia o Tómbola, por citar sólo unos ejemplos?
La telebasura, obviamente, no es un mal difuso que resulte imposible
erradicar. Sólo se necesita la voluntad decidida de hacerlo. Hay
nombres y apellidos, rostros, programas que están en mente de todos.
Y, por encima de ello, poniendo dinero y medios, y llevándose luego
los pingües beneficios del circo que han organizado, hay señores muy
serios y comedidos que rara vez dan la cara. Acabar con tanta basura
no puede ser tan complicado. Por supuesto que eso no iba a
solucionar todos los problemas del país. Pero, al menos, el aire
estaría un poco más limpio.
La imagen que tendríamos de la sociedad en que vivimos no nos
produciría bochorno. Ver un rato la televisión no tendría que
resultar necesariamente una experiencia desmoralizante. La gente
podría entretenerse sin hacer escarnio de su propia dignidad. El ser
humano no tendría por qué degradarse a algo risible y sin valor cada
vez que lo viéramos aparecer en la pantalla. La gente se haría un
poco menos vulnerable a la mentira y a la manipulación obscena de
los sentimientos.
Puede incluso que los valores de la convivencia se vieran
reforzados, y que el nivel cultural medio de los ciudadanos
experimentara un significativo ascenso. Desde luego, las
generaciones más jóvenes dejarían de crecer influidas por ese
inframundo zafio y tramposo. Y esto es esencial. Porque si todo el
sistema de valores que se trata de inculcar a través de la educación
es sistemáticamente desmentido por la halagüeña imagen de
sinvergonzonería y parasitismo que transmite la telebasura, ¿qué
clase de futuro estamos fabricando? |
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